Sunday, November 27, 2005

El espíritu de la katana

Un buen trozo de hierro forjado,

Con precisión, esmero y cuidado.
Dio la muerte a tantos miles de soldados;
Cubrió sus tumbas con honroso significado.


La llevó el samurai,
El ronin,
El bandido.

La otorgó el señor,
El maestro,
El destino.

En su artística forma se descubre
Una especie de manto que la cubre.
Tejido firme de nobles causas
Pero nunca de intenciones falsas.

Recurso del que no ha podido
Ganar batallas con sólo palabras.
Defensa eterna de un pueblo unido
Frente a quien así profiere amenazas.

Es la síntesis de una raza:
Valiente, tenaz, disciplinada,
De formal y melancólico destello,
De calma, quietud y de esperanza.

ZALA, piloto de combate


En la pelea, se conoce al soldado; sólo en la victoria, se conoce al caballero.
Jacinto Benavente


¿Qué es la vida, sino una sucesión de lugares comunes?
Las heridas más profundas las recibimos muy jóvenes, cuando comprendemos que no se puede ser tan feliz. Un engaño. Una decepción. Zala dudaba del amor de su padre.
La imposición era ese lugar común, acatar sus órdenes siempre. Zala, que tenía tan sólo quince años, era un chico sumiso cuando de su Padre se trataba, pues sólo veneración y respeto podía sentir por él.
Sin embargo, esta vez le parecía que habían llegado muy lejos. Desde niño fue educado para ser un perfecto soldado, para que ejecutase sus órdenes sin pestañear, para actuar con precisión y valor.De su naturaleza lo más sorprendente era el desprecio que de su propia vida tenía. Quizá pensaba que morir no era nada.Pero esta vez no se trataba de matar otros soldados, había que acabar incluso con los civiles de esa peligrosa ciudad. Una lucha genocida de la que debía formar parte, por instrucciones directas de su padre.
Titubeó, suspiró y protestó frente a la figura autoritaria que se le revelaba en su padre, pero a pesar de todo dio media vuelta y corrió a su nave de combate.Emprendió el vuelo, acompañado de todos sus camaradas, surcando el aire como una flecha… así se inició el ataque.Los disparos se sucedían con increíble velocidad, y frente a sí vio caer los edificios entre sonoras explosiones. En su corazón pudo escuchar las voces implorantes y los angustiosos gritos de la gente que moría abajo.Vio, congelado su espíritu, como desde la ciudad partían relámpagos inclementes derribando a sus amigos.Entonces soltó la palanca de su nave, y con serenidad observó al “enemigo” que yacía boca abajo, perdiendo poco a poco.Por fin, decidido, en el fragor de la batalla, dio media vuelta sobre sí mismo y abandonó, para siempre, el campo de batalla.
FLASHBACK de Gundam SEED

Dos samuráis


En medio de un camino húmedo se encuentran dos samuráis.
El uno viste con lujo, destacan de sus rojas ropas un kimono lleno de adornos.
El otro, en cambio, porta un traje de sencilla apariencia, sin aliños, de un azul grisáceo apenas perceptible.
Ambos tienen el rostro sereno. Ambos son la representación del valor y la fuerza.
El Samurai de azul parece lejano en su pensamiento, y en su mirada extraviada se lee una profunda confusión. El samurai que viste de rojo tiene la ropa empolvada y sus pasos cansados revelan una batalla recientemente vivida.
Al encontrarse sus ojos nace esa mirada de desafío, estudiada. Se identifican de inmediato como antagonistas, de dueños enemigos, y al segundo se declaran en duelo, tal como corresponde a un samurai de buena cuna. Al cruzar la mirada entre ellos se define inmediatamente la situación:
El de rojo, después de una pausa se encorva y da dos pasos a la derecha llevándose la mano a la larga katana. El de azul también toma su postura, y en la tierra se dibuja el trazo de ese círculo que estrecha y tensa a los combatientes.
En un momento, el rojo levanta su katana al aire, y en furioso movimiento corre hacia su oponente, inclinado el cuerpo hacia delante, blandiendo su espada. El otro le espera erguido, y un segundo antes de recibir el tajo detiene el impuso del enemigo cruzando su katana. Ese sonido metálico y cristalino, revelador de la fuerza de los combatientes, es lo único que se oye en el bosque. Tal como se anuncia el espíritu de dos combatientes.
Después de retirarse y volver a la pelea en varias ocasiones, la katana roja no se queda quieta, aumenta en intensidad y repetición su acometida: tras un primer golpe se ha ingeniado otro, trazado en el aire de derecha a izquierda y de arriba hacia abajo;
con breve giro sobre sí mismo el de azul se encuentra con el hierro enemiga, sosteniéndolo por instantes, parando el nuevo golpe.
Tras unos minutos de comenzada la lucha, ambos guerreros dan señales de cansancio y su violencia casi ha desaparecido: el de azul, sin embargo, parece no poder contener más los embates.
La lucha silenciosa se vuelve un poco absurda. Sin pasión, casi mecánica.
Entonces, al bajar su brazo, el samurai azul recibe un tajo entre la cabeza y el hombro, que penetra hacia el corazón, como si de un tronco se tratara, golpe que ha permitido salir limpiamente al sable.
Se desploma sobre una rodilla y se lleva la mano libre al hombro, sabiendo que esta será su última guerra.
Mira a su antagonista y descubre en sus ojos ese atisbo de piedad muda que le evitará suplicar.
Y tal como lo prevé, el samurai rojo le obsequia, en su último momento, el honor de cortarle la cabeza de un tajo.
Aquella breve comunicación disipó la confusión del vencido: ya no más se torturaría pensando en lo que esta vida le había deparado, y en su suerte encontró un alma fuerte que le ayudó a comprender.
En el alma del vencedor no hubo duda, pues conoció que su oponente era valiente y merecía el honor de una muerte segura.
Apenas cayó tendido en el suelo, el guerrero reúne cabeza y cuerpo y los levanta y lleva a un lado del camino. Entonces con sus manos empieza a cavar una tumba. Coloca cuidadoso los restos del samurai, retirando su espada y ropas. Al final, cubre el cuerpo con la tierra, y tiende encima el ropaje y clava en el barro la katana.
Antes de partir, se inclina hacia la tumba. Aparentemente elevó una plegaria. Seguramente llevaba las palabras “valiente” y “honor” en sus labios.


Noviembre 27, 2005

Wednesday, November 23, 2005

RONIN


Un Samurai
En su vida rota
Buscó un dueño.
Al paso del tiempo
Lo encontró.
Peleó a su lado,
Lo protegió.
Su sangre vertió
Más de una vez
Por la gloria
De su señor.
Entonces llegó
El día aciago
Que la mano protectora
Abandonó su hombro.
Fue como la traición
De tu Dios verdadero.
Aquel señor
Lo dejó de nuevo.
Le dio las gracias,
Lo arropó,
Lo envió muy lejos.
Así empezó su viaje.
Y de famoso samurai
Pasó a vagabundo:
Otro ronin
Sin futuro,
Sin meta alguna.
Al atardecer
del día tercero
Ronin miró
Su equipaje.
Nada tenía,
Nada había reservado,
Solo libertad completa
Para realizar sus actos.
Lloró como lloran
Los guerreros salvajes:
Con el rostro sereno
La mirada errante.
La tristeza era tanta
Que en desesperado intento
Murmuró su adiós
Se alejó del pueblo
Y cometió Seppuku
Al atardecer doliente
Obsequió su último aliento.