Thursday, June 03, 2010

El Traidor

Esta es una historia muy especial para mí. La escribí con entusiasmo y espero que les sea agradable. Sobre todo necesito retro alimentarme con sus comentarios. Gracias por leer!

EL TRAIDOR


Más traiciones se cometen por debilidad
que por un propósito firme de hacer traición.

La Rochefoucauld

Colmaba el crepúsculo los arrozales del pueblo. Era una de esas tardes rojas, cálidas y húmedas que invitan al descanso y la contemplación. Sin embargo, el viajero no parecía dispuesto para cosas tales, pues avanzaba por el camino con apresuramiento. En su mano derecha portaba descubierta la katana, de vez en cuando miraba hacia atrás con desasosiego.

Al llegar a las primeras casas de la aldea, buscó con su velada mirada el refugio entre dos de ellas que formaban un estrecho y oscuro corredor; respirando profundamente bajó su arma, penetró de espaldas, ocultándose en las sombras.

Esto lo vio en un instante un aldeano que regresaba del campo. Algo más se le ocurrió, pues aceleró el paso y entró en una de las primeras casas del camino.

Pasaron diez largos minutos. De pronto, cuando el añil del cielo ya coloreaba todo, pasó a toda marcha un grupo de cinco samuráis. Apenas llegaron al pueblo se dispersaron: dos corrieron en opuestas direcciones entre los arrozales; los tres restantes se internaron entre las casas.

Para fortuna del perseguido nadie acudió a su escondite, así que, después de unos minutos, los guerreros se reunieron. Al parecer decidieron atravesar el pueblo para continuar su búsqueda más adelante.

Todavía pasó más tiempo antes que el fugitivo se decidiera a salir de su refugio, al hacerlo se dirigió con decisión a la puerta del campesino que lo había visto antes. Abrió la puerta de un puntapié, penetró en ella y la cerró tras de sí sin hacer más ruido. Anochecía entonces.

Transcurrieron algunas horas sin que nadie asomase el rostro hacia fuera, al cabo de las cuales los habitantes de esa pequeña villa escucharon, pegados a los muros de sus viviendas, el terror dibujado en sus caras, a la pequeña tropa que regresaba sin detenerse por donde había llegado.

Entretanto, en la casucha del campesino los dos hombres guardaban silencio. Uno frente al otro, en medio el fuego, de pié en actitud solemne.

Después de que se alejara la tropa el aldeano interpeló al hombre de la katana:

--Ya se han ido. Puedes marcharte ahora.

El fugitivo, siempre con la espada en la mano, fue a mirar por entre dos tablones de un muro mientras objetaba:

--Creo que mejor me ocultaré en tu casa por unos días… No te asustes anciano, no quiero darte problemas ni mucho menos hacerte daño.

El aldeano hizo un movimiento de desconfianza pero no dijo nada.

--A cambio de que me permitas permanecer aquí te diré mi secreto- se apresuró a decir el fugitivo.

--¿De qué me podría servir tu secreto? –murmuró el viejo.

--No te servirá… pero oirás algo… diferente –respondió el fugitivo con enigmática sonrisa.

El anciano sostuvo la penetrante mirada de su huésped, le estudió por un rato. A la luz del hogar pudo conocer que no se trataba de un vulgar ladrón o un vagabundo: Las ropas del joven eran las de samurái, muy parecidas a las de aquéllos que le perseguían… Portaba con bastante soltura una fina hakama gris y un kimono azul oscuro de seda. Tenía delicadas facciones; el cabello negro recogido en una larga coleta. En toda su persona podía avistarse seguridad y fuerza. Entonces fue que el anciano notó que en esos ojos no había visos de temor o de inquietud por la asechanza de que era objeto. Aún más: pudo sentir que poco le importaría si sus perseguidores regresaban. Esto fue lo que terminó por intrigar al anciano.

--Entonces, oiré tu historia –dijo finalmente.

El joven se acercó al fuego sentándose frente al anciano. Éste último fue al fondo de la cabaña trayendo una botella de sake que sirvió para ambos. El joven, tocando apenas con los labios la bebida, inició su relato:

“Te contaré como es que un samurái, el hijo predilecto de su padre, el más joven de los guerreros de Hakurai y el más apreciado por su señor, se convirtió en fugitivo. Todo, desde luego, tiene un principio.

“Desde los doce años sostengo la katana a instancias de mi padre, Hiroshi Ryoma, un antiguo servidor de mi señor. Aunque fui el tercero en nacer, mis hermanos no mostraban aptitudes para la guerra, así que fueron destinados a ser parte de la servidumbre. Mis padres y mis hermanos hemos pertenecido por generaciones a Hakurai, quien debe usted saber que es uno de los más poderosos señores de la región. Mi familia ha sostenido con orgullo su rango. Mi padre peleó muchas batallas por el padre de mi señor... Podría decirse que hemos nacido para vivir y morir por el honor de esa casa. Por lo menos así fue hasta este día.

“Tuve muchos maestros, pero aprendí el kendo y la historia de boca de mi señor. Fue un maestro firme, muy exigente. Puedo decir sin falsa modestia que puse tanto de mi parte en el aprendizaje que muy pronto me convertí en su favorito. El día feliz que me nombró su samurái todos los antiguos servidores de mi señor me rodearon. Me halagaban y felicitaban, me obsequiaban su amistad ofreciendo ayudarme siempre. Fue maravilloso.

“Como el castillo de mi señor era muy grande, me dieron una habitación junto al estanque. En ese lugar pasé muchas horas entrenando el cuerpo y el espíritu. Igualmente escuchaba las historias de todos esos grandiosos samuráis.

“A pesar de todo, en mi interior había una duda. Mientras practicaba la katana con ellos o conversaba largamente con los samuráis mayores, algo dentro de mí se agitaba. Era una extraña inquietud que no me permitía disfrutar por completo la felicidad de ser la esperanza de mi familia.

Esta inquietud sin nombre crecía al paso del tiempo convirtiéndose muy pronto en fuego devorador. Entonces fue que llegó ella.”

El joven hizo una pausa. Su mirada extraviada en el recuerdo mantenía su luminosidad pero al mencionarla perdió por completo la firmeza. Bajó entonces la cabeza y murmuró más que dijo:

“Hace unos meses llegó al castillo. Se trataba de la hija de mi señor. Akiko era su nombre. Siempre vivió alejada de su padre porque al morir su madre quedó a cargo de unos parientes. Fue producto de una relación que la esposa de mi amo no aprobaba, de una concubina repudiada. Al morir la esposa de mi señor dejándole sin herederos decidió traer a su hija a la casa, buscar para ella una buena posición y para él una fructífera alianza.

“Al principio, cuando le fuimos presentados, no hubiera soñado siquiera en atreverme a mirarla. Tal era el respeto que me infundía mi señor. Pero al paso del tiempo no pude luchar más contra la curiosidad que experimentaba así que una tarde que ella caminaba frente al estanque me atreví... Sólo fue un segundo… Muchas veces he pensado que fue esa mi primera desobediencia y tal vez la que originó mi propia pérdida. En ese fascinante segundo le entregué mi corazón por completo.

“Este sentimiento borró mis inquietudes pasadas, las dudas incorpóreas que había mantenido durante años. Llegué a experimentar felicidad tan completa con sólo pensar que, si moría en un enfrentamiento lo haría por la gloria de mi señor y el bienestar de su hija. Tales eran los arrebatos que me forjaron la reputación de un enérgico samurái. Al principio no había participado mucho en la guerra, pero entonces empecé a solicitar a mi señor que me llevara a su lado, que me permitiera las tareas arriesgadas, que me otorgara el honor de acudir en la batalla a la vanguardia… Debo decir que mi señor nunca me negó esos privilegios. Por eso la estima que sentía por mí crecía a cada instante.

“Poco a poco me atrajo a su círculo de principales. Después de muchas batallas libradas me vi sentado frente a él y a su hija compartiendo la comida y los placeres. No repetiré de nuevo sobre la felicidad que conocí en esa época, pues debo decir que mi corta vida tuvo su brillante cima en esos momentos.

“Pero el hombre no siempre decide su futuro, así que esa proximidad con la princesa pronto se convirtió en familiaridad. Me fue expresamente solicitado por mi señor que cuidara de ella, designándome como su guardia personal. A partir de entonces mi razón se perdió casi por completo pues pasé tantas horas a su lado, en breves conversaciones, en la inquietud de silencios muy tensos y prometedores…”

Transcurridos unos instantes en silencio, el joven se levantó de improviso. Caminó hacia la puerta y se detuvo, inclinándose para escuchar. El anciano supo que el gesto de su huésped se relacionaba más con sus agitados pensamientos que con lo que ocurriese afuera.

El pueblo estaba oscuro y callado.

Al cabo, el joven regresó a su sitio y a su ensimismamiento. Continuó su relato frente al viejo:

“Por semanas permanecí fiel en mi puesto, pero sucedió algo que no esperaba: La princesa se acercó a mí. Con los ojos bajos, apenas en un susurro, escuché de sus labios que no tendría más dueño que yo. Temblé de dicha, pero también de terror al pensar en las consecuencias de esas palabras. Sin dudar le ofrecí permanecer a su lado en secreto, ocultar lo que sentía ante todos para buscar de alguna manera el favor de mi señor para desposarla. Desde luego eran sueños vanos pues días después supimos por boca de mi señor que ya estaba destinada al hijo de un terrateniente vecino.

“Al saber su destino, ella cayó en una tristeza profunda; no salía de sus habitaciones, comía muy poco y cuando nos encontrábamos a solas permanecía callada. No podía mirarla directamente… Tanta era mi vergüenza por saberme impotente para cambiar nuestra precaria situación.

“Poco a poco fui presa de esta debilidad que muchos llaman amor… mis ojos de guerrero perdieron su precisión y mi brazo su fuerza… Mi mente estaba concentrada en resolver lo inevitable. Por fin, una mañana tomé la decisión. Acudí a las habitaciones de la princesa, buscando su aprobación para mi idea de manifestar franca y abiertamente lo que sentía a mi señor… pero ella tenía otro proyecto.”

El joven se detuvo de nuevo. Respiro profundo. Sólo entonces se percató que aún sostenía su katana. La enfundó en su saya. Sigilosamente la colocó frente al anciano. Levantó la mirada del suelo y tragando saliva continúo:

“Ella lo dijo claro, sin titubeos. Debía matar a su padre. Pensé por un momento que no había escuchado bien, que me estaba volviendo loco de la desesperación e imaginaba cosas, pero era verdad. Ella lo dijo con su cristalina voz. Al instante me horroricé imaginando ver caer mi katana sobre el adusto rostro de mi señor. Retrocedí varios pasos, pero entonces de sus ojos brotaron dos lágrimas… Me suplicaba que lo hiciera… No soportaba más la vida que mi señor había decidido para ella… Entonces no pude negarle nada.

“Me pareció que un segundo bastó para disipar mi confusión. Decidí al momento la muerte de Hakurai para liberar a mi secreta prometida de su yugo; al mismo tiempo acepté el castigo que de tal acto cayera sobre mis espaldas.

“Después de acordar el momento y el lugar del crimen, salí de ahí sin razonar nada… No puedo siquiera afirmar que la pasión era el motivo pues estaba resuelto a liberarla, también a morir por ella; sentía el sacrificio pero no el deseo de poseerla. Así que, según lo convenido, me levanté al día siguiente por la mañana con el propósito de cumplir nuestros objetivos. Habíamos acordado escapar después de todo. Por mi parte preparé su salida del palacio, pues sabía que, de tener éxito, moriría a manos de mis compañeros en cuestión de minutos.

“Ahora, anciano, como en aquel momento, no temo morir. La muerte no es nada. Sin embargo, sucedieron cosas que salieron fuera de nuestro control, que no habíamos previsto.

“Al parecer una de las acompañantes de la princesa nos escuchaba cuando ideábamos nuestro crimen. Esta mujer corrió a participárselo a mi señor. Cuando me presenté frente a mi amo él estaba enterado de mis intenciones, pero esperó hasta el último momento para descubrirme. La princesa estaba a su izquierda, el ministro de mi señor se hallaba a su derecha. Nunca la vi más fría y silenciosa, al parecer esperaba la sentencia a nuestro terrible pacto.

“De un movimiento desenvainé la espada y la blandí contra mi amo. Aún no sé por qué éste permitió que me le acercara tanto sabiendo mis intenciones… quizá pensó que yo haría lo que finalmente hice. No lo maté. No pude hacerlo. Lo amenacé para que dejara marchar a la princesa, pero no usé la oportunidad de asesinarlo, tuve el tiempo pero a final de cuentas no lo hice. Él, desde luego, me negó a su hija, me exigió que saliera de su casa llamándome traidor. Cobré entonces conciencia de lo que pasaba: habíamos sido descubiertos. El deshonor era el castigo que me daban.

“Perdona anciano, si mi relato te parece apresurado, pero aún no comprendo del todo lo que pasó después, siendo como fue, tan rápido y confuso, aún me perturba el ánimo”.

“El ministro de mi señor ordenó que me echaran de ahí los dos únicos guardias del salón. Fui arrastrado como un perro a las mismas puertas del palacio. Afuera, frente a la enorme puerta cerrada decidí regresar sin que me vieran para saber la suerte de la princesa. En dos zancadas salté el muro. Escuché entonces gritos desde el interior del salón donde había estado minutos antes. Corrí presa de la inquietud hacia ese lugar donde pude contemplar una escena que me paralizó unos instantes antes de reaccionar. Vi a mi princesa que yacía en el suelo, una daga enterrada en el estómago, sobre un charco de su misma sangre. Su cuerpo inerte me reveló su muerte. A escasos pasos pude contemplar con horror al ministro hundiendo su katana en el pecho de mi amo, quien profirió otro grito ahogado, muy similar al que oyera antes de entrar al salón.

“¿Qué había sucedido? Miré sorprendido hacia todos lados porque ya me había extrañado la ausencia de los guardias, así que de un salto cubrí la distancia atacando al ministro. Éste vio mi impulso y con su arma escurriendo aún la tibia sangre de nuestro amo, paró mi primer tajo. Le exigí que hablara. Él confesó que había matado a nuestro señor aprovechando mi audacia. Dijo que ante todos sería yo el asesino de esa casa. Unos minutos después aparecieron una docena de guardias y el ministro me señaló como asesino. Al ver el cariz que tomaban las cosas, corrí derribando a un par de ellos saliendo del salón. Crucé el estanque tomando la ruta por la que momentos antes había entrado para salir del palacio.”

Calló el joven. Con los ojos bajos, perturbado, como si cobrara consciencia de lo ocurrido en ese mismo instante. Mirando de nuevo al anciano, continuó.

“Desde entonces he corrido por el campo… He sido perseguido por espacio de cuatro horas. Así es como llegué a tu casa, anciano.

“Ahora sabes mi secreto: Hakurai ha muerto. No en mis manos, si no en las de su ministro, quien nos descubrió y aprovechó nuestra traición.

“Ahora sabes porque me escondo de los samuráis: Sé que soy un traidor, que como tal he de morir, pero no me puedo permitir hacerlo con el peso de una muerte que no ocasioné”.

El anciano contempló al joven samurái largamente, pensando en los hechos que le relatara. Tomó la katana desenfundándola a medias. Observó la hoja limpia, brillante, de perfecto filo. Entonces formuló su pregunta despacio:

--¿Cómo muere un traidor, joven samurái?

--Por su propia espada, anciano. – respondió con resolución el joven, los ojos fijos en el anciano.

El anciano guardó la katana y la dejó frente al joven samurái.

--Joven samurái, aún no me ha dicho su nombre, pero después de su relato prefiero no saberlo. Quién sabe qué consecuencias funestas tenga para mí haberte dado asilo. Sin embargo, creo que aunque es verdad que su historia es diferente, aún no ha concluido. De ella falta saber lo que harás ahora, si, como piensan ustedes los guerreros, se trata de vengar a tu señor para expiar la culpa de tus actos traicioneros o si elegirás vagar por el mundo, como Ronin que ahora eres. Sólo tú sabrás lo que decides. Lo único que un humilde campesino como yo puede decirte es que debes escuchar sólo un consejo, ese que dice tu voz interna. Te dirá como enmendar el mal que hayas hecho. Por mi parte sólo puedo ofrecerte una porción de arroz y albergue por esta noche.

El samurái supo la verdad profunda de las palabras del aldeano, y le miró con tristeza.

Sin articular otra palabra, recibió el alimento que le ofrecían. Sentándose en el piso, abrazado a su katana, dormitó un par de horas frente al fuego y frente al campesino.

Al alba, murmuró una frase de agradecimiento a su interlocutor de aquella noche, que aún dormía. Se puso en pie, volvió a su costado su espada y salió de la casucha presa de una gran confusión.

*********************

En la brumosa mañana iba el vagabundo con paso rápido, sin cuidarse del barro del camino, pero ocultando a medias su rostro con la mano derecha. El cuerpo le temblaba involuntariamente, y la brisa matutina perlaba sus ropas.

Después de esa larga charla con el anciano campesino pasó la noche pensando. El resultado era que ahora volvía sobre sus pasos fugitivos. Conforme desandaba el camino recorrido, su pensamiento alcanzaba al fin un poco de sosiego. Su andar, en un principio inseguro y presuroso, se convertía poco a poco en una ruta resuelta. Regresaba al palacio, como atraído por un imán. El amor que horas antes había experimentado con tanta violencia no existía más. La venganza en cambio era todo en su ser.

Finalmente, después de flanquear el arroyuelo por el cual escapara el día anterior, se detuvo un instante, bajó la cabeza, como reflexionando unos segundos, su mano izquierda apretando contra sí la katana y saltó dentro del canal, empezando su carrera en el agua baja, a escasos pasos de una entrada al palacio.

MUKINO, EL NUEVO AMO

El administrador, el ministro, el asesino… el AMO.

Sin duda la carrera de Mukino fue larga pero sólo con la muerte de su señor, tan repentina, alcanzó las nubes en unos pocos instantes.

Al despertarse esa mañana sentía esa pequeña opresión del culpable en el pecho. Sin embargo ya su mente estaba en tantos proyectos para refinar su nombre, para transformarse de inmediato de un campesino avezado en un gran terrateniente.

Desde luego pensaba en el pobre diablo, ese pobre samurái cuya mayor hazaña le beneficiara tan onerosamente. Esa pequeña nube era nada comparado con sus sueños recién alcanzados. Ya jugaba en su mente con la vida de los soldados ideando nuevas y brillantes expediciones que agrandaran SUS territorios.

Tomó su primer alimento en la sala principal, esta vez en la parte más alta. Los nobles samuráis le miraban desde sus acostumbrados lugares con incredulidad escuchando sorprendidos el relato de la muerte de su señor a manos del joven samurái, despechado por el rechazo de la princesa. Después procedió a desenvolver un pergamino algo ajado y amarillento.

Sucintamente refirió que el contenido del testamento de su señor le dejaba como heredero de todo lo que en vida fue el territorio de Hakurai. Con lágrimas de falsedad infinita manifestó agradecimiento a su fallecido señor y, levantándose con agilidad, se dirigió a los reunidos, quienes en ese momento eran encabezados por casi veinte samuráis principales, otros tantos de menor rango y otro tanto de guardias agazapados en la entrada del salón, para que se le rindiese en ese preciso momento, la promesa de lealtad como nuevo señor de Hakurai.

Un silencio desconfiado, impregnado de irritación fue la respuesta que Mukino recibió al final de su discurso. Pero éste fue roto por uno de los samuráis más experimentados, quien le exigió a voz de cuello pruebas y testigos de todo lo que dijera antes.

Mukino llamó de entre los guardias a los que presenciaron la huída del joven samurái, lo que le dio sin lugar a dudas la validez a su testimonio.

Dichos hombres vieron en un momento que su buena suerte les traería grandes favores del nuevo amo, así que ninguno dudó en jurar haber visto al criminal atravesar con su katana el cuerpo de su señor, sumando tantos detalles a su historia que la asamblea pasó de la incredulidad a la sorpresa y de ésta a la indignación.

Así, si alguno de los guerreros albergó dudas, éstas desaparecieron por completo. El afecto que sentían por el joven samurái trocose entonces en verdadero odio.

Estaba la asamblea en confusión de voces cuando un suceso extraordinario atrajo todas las miradas a la entrada del salón. Ahí, frente a todos, con actitud desafiante, estaba el traidor. Plantado frente a sus camaradas, su mirada como flecha atravesó el lugar para posarse sobre el nuevo amo, a quien se dirigió con fuego en los ojos y gravedad en la voz.

--¡Mientes, Mukino! –gritó con fiereza.

Aprovechando que aún no se organizaban los guardias del castillo, el joven samurái entró sin encontrar resistencia. En medio de la confusión se precipitó con toda la violencia de su alma, la espada tendida y el cuerpo inclinado sobre el flanco derecho de Mukino, a quien hirió en el costado. Al instante sacó la katana del cuerpo del ex ministro y al sacudir la hoja manchó de sangre el entablado y las ropas de los otros samuráis.

En un momento, el joven samurái se vio rodeado de sus ex camaradas, que con miradas amenazadoras le contemplaban sin asomo de duda.

Giro en su sitio para hacer frente al ataque de sus compañeros pero bien pronto fue rodeado por multitud de punzantes aceros prestos a cerrarse. Entonces ocurrió lo imposible: una voz imperó sobre las otras.

--¡¡ENTRÉGATE!! ¡!ELLA ESTÁ VIVA!! –retumbó por el recinto la voz de un hombre.


LA CELDA, EL INTERROGATORIO Y LA HABITACION DE LA PRINCESA

Todas las miradas se centraron en el dueño de aquella voz.

Dos pasos delante del resto de aquella marejada humana tan dispuesta a destrozar a quien horas antes fuera su camarada, se hallaba aquél que profiriera los gritos que hicieron acallar la sala. Un hombre algo común, de cabellos grises y rostro adusto, sostenía su katana por encima del resto. Su actitud completa asemejaba al general que está por contener el ataque, aunque en este caso se trataba de salvarle el pellejo al joven samurái. El guerrero que silenció a la sala era uno de los más antiguos servidores de Hakurai. Todos le conocían por ser quien servía en silencio a su señor, el más cauto y reservado de todos, cuyo buen nombre no era producto su herencia familiar sino de su habilidad increíble pues, según se decía por lo bajo, se trataba de un vagabundo que había recogido el terrateniente veinte años atrás dándole tan sólo el nombre de Genzai.

Entre tanto, para el joven samurái, que había ahogado su dolorida voz interior, la noticia fue como un relámpago que le iluminara de repente. Como fuego devorador sintió el envite de los sentimientos que reprimiera momentos antes.

Todas las miradas estaban puestas en el viejo guerrero, quizá ninguno entre todos los reunidos podría sostener la autoridad de que éste hacía gala, pues para todos era más que un samurái: era el fiel perro del amo, tan pronto dispuesto a morder a quien pretendiera acercársele. De nuevo, Genzai le habló frente a la asombrada asamblea:

--Entrégate ahora, Hiroshi Takumi. Lo que dije es cierto. La hija de nuestro finado señor aún vive. Ella es la dueña de nuestras vidas ahora. Si rindes tu espada, serás juzgado como corresponde, aún cuando frente a todos tus compañeros has atentado contra la vida de uno. Tendrás esa oportunidad si detienes tu violencia.

Al escuchar que ELLA vivía, el sentimiento de venganza que le había impulsado a regresar para dar muerte al miserable Mukino desapareció por completo. Su espada, húmeda de sangre, bajó lentamente. En sus ojos, el odio dio paso a una completa sumisión. Sin embargo, quiso explicar su conducta frente a todos.

--He venido a matar a Mukino sin pensar más que en vengarme. Si mi señora aún vive, me sujeto a su justicia. Haré lo que me dice, Genzai, seguro que usted puede ser el mejor árbitro en todo esto.

Mientras hacía esa declaración, entregó la katana a Genzai y acercándose al guerrero le murmuró en el oído:

--Cuida de la princesa pues Mukino fue el que la hirió y no dudará en asesinarla frente a sus guardianes…

El joven no pudo agregar nada más. Dos de sus compañeros le tomaron por los brazos arrastrándolo fuera de la sala, dejando el desconcierto entre los espectadores de esta escena y la sorpresa en el espíritu de Genzai.

Dos samuráis llevaron a Hiroshi Takumi a una de las celdas que había en el castillo. Aunque tenían la versión de Mukino aún resonando en sus oídos, el hecho de que el joven regresara a la escena del crimen era una cuestión que confundiría a cualquiera. Además, no había opuesto ninguna clase de resistencia, por lo que su encarcelamiento fue pacífico.

Apenas se dejó caer en la losa fría del calabozo, decidió concentrarse en lo que diría para defenderse. Ciertamente no esperaba sobrevivir después de su improvisado ataque al impostor, pero la escena había cambiado radicalmente al saberse que la princesa Akiko estaba viva. Él sabía que estaba malherida pues había sido testigo de ello, sin embargo, esa pequeña esperanza le permitía tener una razón para permanecer con vida. Ahora deseaba protegerla como fuera de Mukino, quien no se detendría a pesar de sus propias heridas para silenciarla.

Presa de una fiebre apenas perceptible repasaba los acontecimientos una y otra vez, tratando de recuperar la tranquilidad que antes no le abandonaba. Se dijo a sí mismo que los sentimientos que abrigara por la joven eran frívolos, pero ello no impedía que su corazón se encogiera de tan sólo recordar que podía morir en cualquier momento, ya por sus heridas o por mano del que se las infligiera.

¡Qué clase de naturaleza es la humana cuando de un momento a otro cambia sus intereses y metas! Ahora el joven se concentraba en el rostro de la hija de su amo, en sus promesas mudas y su resolución…. El honor, la venganza e incluso su impulso de sobrevivencia habían desaparecido ante la inquietud de perderla de nuevo.

Por un instante un recuerdo embargó su espíritu: La inalcanzable mujer cuyos largos kimonos rozaban con suavidad la madera, caminando con pasos pequeños, mientras él la seguía en el jardín, a la distancia que le imponía su servidumbre, con la mirada baja, modulando su andar, reteniendo la respiración por momentos, pendiente hasta de la más sencilla frase que pudiera pronunciar la joven, aunque lo que realmente compartían entonces era un profundo y doloroso silencio.

Todo esto meditaba el prisionero mientras miraba las paredes de piedra, agobiado por tantos sentimientos extraños.

Afuera, en la sala donde había ocurrido su arresto, Genzai convocó a los veinte samuráis principales de su señor. Unas pocas horas antes había terminado los arreglos para el sepelio de su señor, olvidado de todos por la inoportuna convocatoria de Mukino. Su llegada a la sala salvó al joven samurái de sus compañeros, quienes se encontraban en un grave estado de confusión. Después de meditarlo un instante, había resuelto tomar las riendas de la caótica situación si lograba el apoyo de los guerreros. Así, con la celeridad de un general improvisado en tiempos de guerra, solicitó a la asamblea le dejaran establecer una guardia especial en las habitaciones de la princesa, otra en las de Mukino y una tercera en la celda de Hiroshi. Todos estuvieron de acuerdo con la medida. Además, uno de los presentes tuvo la previsora idea de alejar a la servidumbre de esas áreas, pues cálculo que si Mukino mentía habría comprado el silencio de criados y guardias.

De tal manera se acordaron las cosas que se establecieron seis guardias para la princesa, todos escogidos entre los más antiguos y aptos para el trabajo. El médico que la atendía era conocido de la familia, así que lo conservaron en su sitio. En el caso de la custodia para Mukino buscaron cuatro guardias dispuestos a dejarse matar antes de dejar que saliera. También el recibía atención médica, aunque esta vez llamaron a un médico del pueblo para que le atendiera.

Genzai sabía que estas medidas tendrían que ser provisionales, así que se apresuró a hablar con los samuráis para resolver la crisis. Encerrados en la sala, empezó por decirles lo que el joven le había susurrado en el oído. La sorpresa se adueño del lugar.

--Antes, cuando él dijo esto, he tenido el deseo de interrogarle. Es obvio que presenció los hechos, por eso lo más apremiante es conocer su versión para compararla con la de Mukino.

--Pero, ¿si sólo está maquinando una defensa en su favor? –dijo uno de los más viejos.

--Tendremos que escucharlo de cualquier forma. No me perdonaría que la princesa muriera por nuestra falta de previsión. Bastante es que nuestro señor haya sido asesinado en nuestras narices.

Determinaron entonces traer a la sala al joven samurái. Unos momentos antes de que llegara el prisionero, entró el médico de la princesa.

El médico, un anciano que había velado por la salud de Hakurai durante muchos años, ahora atendía a su hija. Informó a los guerreros que la princesa se había salvado por muy poco: la hoja que la hiriera se había deslizado entre la carne y sus costillas; no había tocado sus órganos. Su herida parecía no ser de gravedad, pero la pérdida de sangre que había sufrido sí lo era. Dijo que debían dejarla descansar por lo menos una semana. Genzai entonces le preguntó enérgicamente:

--¿Cuándo sería posible que la princesa hable con alguno de nosotros?

--En cuanto a eso, mañana por la tarde quizá tenga algo de fuerzas –respondió el galeno.

El joven samurái rodeado de guardias había entrado en la sala hacia el final del informe. Su rostro recobró el ánimo al escuchar las noticias acerca de la salud de la princesa.

Genzai despidió al médico pidiéndole que no se alejara de la joven, puesto que había razones para creer que no estaba segura en su propia habitación. El médico se marchó asegurando que estaría con ella todo el tiempo necesario.

Entonces Genzai, reparando en Takumi, le dijo que se sentará en el centro de la sala.

El joven entonces se situó frente la asamblea, rodeado de los veinte guerreros con quienes había compartido el sake y la guerra.

Después de escuchar a Genzai hablar de sus sospechas con el médico, especulaba mentalmente que entre los samuráis germinaba la duda y algunos buscarían la custodia de la joven para esclarecer el asunto de la muerte de su señor, lo que dificultaría las tentativas de Mukino. A pesar de esta convicción no dejaba de inquietarse y buscaba la manera de librarse del confinamiento para enfrentar directamente al asesino. Además, no sabía si decirles toda la verdad a tendría un efecto contraproducente en la causa de la princesa. Sin embargo, se decidió por decirlo casi todo. Sólo omitiría la parte en que ella le pidiera matar a su padre.

En ese momento Genzai le conminó a hablar directamente.

--Es hora de que digas lo que ocurrió a nuestro señor. De tus palabras depende tu vida, pero además, si la princesa corrobora tu relato, puede ser que Mukino sea el que reciba el castigo.

El joven contó lo ocurrido. Tal como lo hiciera ante el campesino que le dio asilo la noche anterior, reveló sus sentimientos por la princesa y de cómo ella le correspondiera. Entonces dijo que había resuelto matar a Hakurai para liberarla sin esperar más que la muerte. En esta parte del relato todos le dirigieron una mirada de reprobación. Él la esperaba, así que deliberadamente omitió la parte en que la princesa Akiko le pidiera matar a su padre. Después procedió a relatarles cómo no pudo llevar a cabo sus planes y fue arrojado a la calle por su señor. Nombró a los guardias que le sacaron del castillo. De igual forma, refirió que al escuchar los gritos del amo regresó apenas para presenciar su muerte y la de la princesa a manos de Mukino, teniendo que escapar ante la acusación de éste. Prácticamente no omitió detalles. Tampoco lo hizo mientras contaba dónde pasó la noche y por qué decidió regresar a vengarse del administrador. Después de casi una hora de declararlo todo, enfrentó a sus compañeros decidido a convencerlos de que lo dejaran permanecer al lado de la princesa.

--He venido desarmado, sabiendo que cometí traición a mi señor y esperando un castigo por ello. Lo que no puedo permitir es que Mukino se convierta en el amo a expensas de la vida de la princesa. Por eso pido que me permitan ayudar a guardarla. No importa que sea en las condiciones que ustedes deseen. Regresé voluntariamente a la trampa del infame para ser juzgado por los samuráis de este castillo, mis compañeros de armas y heridas. Que ellos decidan mi suerte. No obstante, no es mi única razón denunciar al asesino, también es solicitarles toda su protección a la princesa, que yace herida en una habitación que se puede convertir en su mortaja.

Tales palabras terminaron por convencer a los presentes de que en verdad la princesa corría peligro. Sin embargo, no se podía aceptar del todo que, aquél que atentara contra la vida del amo se paseara tranquilamente por el castillo, nada garantizaba su inocencia. Al callar el joven, en la sala reinó el caos. Los oficiales discutían entre ellos qué hacer, unos le favorecían, otros no. Al punto, Genzai declaró con un grito:

--La suerte de este joven será decidida más tarde. Lo primero es corroborar su versión con la princesa. Por lo pronto, creo que podemos permitirle un poco de libertad siempre y cuando esté con él la guardia que le asignamos.

Todos los samuráis se miraban entre sí. No sabían que pensar del joven Hiroshi. Lo que había hecho no era siquiera imaginable para la mayor parte de ellos, quienes lo habían tratado con afecto se sentían traicionados por su conducta, pero los últimos sucesos hacían más confusa la situación.

Iban a empezar a discutir de nuevo cuando precipitadamente entró en la sala uno de los guardias que se le había asignado a Mukino y a voz de cuello les interrumpió.

--¡Mukino ha escapado!

El joven samurái, olvidándose por completo que él mismo era un prisionero, salió derribando a uno de sus custodios, y en frenética carrera llegó a la habitación de la princesa. Pidió a gritos que le dejaran pasar pero los guardias que estaban ahí, quienes no habían recibido aún noticias de la situación, le cerraron el paso maniatándolo.

--¡Por favor! ¡Por lo menos abran las puertas para saber si ella está bien! –rugió el joven con desesperación.

Los guardias se estremecieron al oír la voz del joven. Detrás de él llegó Genzai, agitado por la carrera y les ordenó que hicieran lo que les pedía. En esos escasos segundos los alcanzaron diez de los samuráis que estaban en la sala.

Los hombres abrieron las puertas y entonces pudieron ver a la joven tendida en el lecho. A su lado el médico la vigilaba con paciencia. Genzai adelantó dos pasos dentro de la habitación y pidió al doctor que tratara de despertarla. Debía comprobar si estaba viva.

El médico algo sorprendido por la marejada humana que había llegado, se acercó a la princesa y le habló. Ella entonces despertó. A través de sus cansados párpados vio a Takumi fuera de las puertas, sujeto por varios guardias, con el rostro descompuesto. Genzai entonces le dijo en tono muy bajo.

--¿Está usted bien, princesa?

Entonces ella con voz endeble le respondió:

--Sí, estoy bien. Pero, ¿dónde está mi padre?

--Murió –dijo sin ambages el fiel guerrero.

--Capitán Genzai, debe arrestar a Mukino, quien me hirió y mató a mi padre –dijo débilmente la princesa Akiko dirigiéndose a Genzai pero sin retirar su mirada de Takumi.

--Lo haré señora, aunque se ha escapado. Iremos a buscarlo.

--¿Por qué tienen sujeto a Hiroshi Takumi? –preguntó con un suspiro.

--Usted lo sabe princesa, él atentó contra su padre.

Pensó la princesa que sus samuráis estaban al tanto de todo y de nuevo le habló al guerrero.

--¿Puedo pedirle que me permita hablar dos palabras con Hiroshi Takumi capitán? Después de eso, decidirá qué hacer con nosotros…

Genzai no tenía ya dudas del relato del joven samurái y ordenó que lo soltasen. Casi todos escucharon la breve conversación. De tal manera que Takumi entró a la habitación que todos, incluso el médico, abandonaron a la orden de la joven.

Mientras esta escena se verificaba en las habitaciones de la princesa, el resto de los samuráis habían ido a las de Mukino para comprobar su huída. Cuando llegaron ahí vieron un guardia tendido en su propia sangre. Había recibido un tajo desde el hombro derecho hasta el estómago. De Mukino y los otros dos guardias no se veían rastros. Todo parecía indicar que se trataban de los mismos que arrojaron a la calle a Hiroshi y después declararon en su contra. Los presentes pudieron imaginar cómo Mukino los habría comprado como testigos y al escuchar que había sobrevivido la princesa se darían cuenta de que serían castigados. En cuanto al cuarto guardia se trataba del que corrió a dar la noticia de su escape.

Casi todos los oficiales regresaron de nuevo a la sala. Genzai y los otros ya estaban ahí. Mientras les informaba que la princesa estaba bien y que había apoyado la versión del joven samurái, supo que Mukino escapó con dos cómplices perfectamente identificados. Reorganizada la guardia de la joven con la adición de cuatro oficiales y el mismo Hiroshi, Genzai decidió organizar la primera partida de búsqueda del administrador para que saliera de inmediato. Asignó a dos de los oficiales para hacerlo, estableciendo el punto donde podrían encontrarse cuando el mismo saliera en la siguiente expedición. Casa casa del pueblo, cada granero, cada establo debían ser registrados con minuciosidad. Era para cada guerrero de Hakurai la misión más importante dar cacería al asesino de su señor.

Entre tanto, los vecinos del castillo al ver las tropas armadas no notaron nada extraño. Tan grande era la ambición de Hakurai por poseer tierras que era frecuente ver soldados apresurados salir del castillo todo el tiempo.

LO QUE HABLARON EN PRIVADO LA PRINCESA Y SU GUARDIÁN

El joven samurái se acercó a la princesa con modestia. Se hincó a su lado sin atreverse a decir nada. Estaba deseando tomar su mano y decirle que la protegería, pero recordó cómo por su imprudente conducta terminó siendo el causante de toda esa situación. Intentó formular una disculpa pero no salieron las palabras de su boca: No se arrepentía de no haber seguido el plan propuesto por la joven. Por el contrario, quería que ella viera el error que estuvieron a punto de cometer.

Ella parecía estar demasiado cansada. Sin embargo, tomándole de la mano le habló con firmeza.

--Lo siento. Todo esto ocurrió por mi desesperación. Nunca debí impulsarte a traicionar al amo que debiste proteger –dijo suspirando la joven.

--En ese momento también pensé que era lo único que podíamos hacer. También lo siento. Debimos buscar otra forma… --respondió el samurái.

--No la había. Ahora sabes las consecuencias de lo que hicimos. Tendremos que pagar. No estaré en posición de ayudarte con eso desde que el capitán Genzai sabe lo que planeamos.

--No lo sabe. Piensa que todo fue idea mía y es mejor que lo crea así. No le digas más, pues tú podrías perderlo todo por ello –suplicó el joven.

Akiko se incorporó con gran esfuerzo. Sin soltar la mano del samurái, le miró a los ojos gravemente y con cierta melancolía declaró:

--Takumi. Tú y yo no estamos destinados a estar juntos. Reclamo de ti el deber que te fue impuesto. Debes buscar a Mukino, traerlo para que reciba su castigo. Te lo exijo como mi guardia personal. Después de eso, Genzai sabrá todo y si no decide mi muerte, hará el papel de mi padre. Será quien me lleve con mi futuro esposo a sus tierras. A cambio de mi obediencia ciega trataré de salvar tu vida.

Era la primera vez que ella le llamaba por su nombre. A pesar de eso, le pareció muy amargo oírla. Sabía que tenía razón en lo que decía pero no era fácil resignarse. Sin embargo, no había nada más por hacer. El deber quebrantado no tenía reparación, pero si algo sabía desde mucho tiempo atrás era que su lealtad le pertenecía a Akiko y ésa sólo moriría con él. La conciencia de esta verdad descubrió sus sentimientos.

Takumi, irguiéndose en su sitio, se acercó a Akiko. Impulsivamente soltó la mano de la joven, tomó su hermosa cabeza entre las suyas besándola en los labios. Ella, aunque sorprendida, lo dejó hacer, sintiendo en el alma la certeza de que no habría de repetirse la caricia. Por unos segundos permanecieron unidos por el primer y último beso que compartían. Al separarse, el joven samurái la miró con abatimiento mientras regresaba a su sitio.

--Estoy listo para aceptar tus órdenes. Lo único que pido es que no sacrifiques nada a cambio de mi vida. No tiene caso –afirmó con resolución Takumi.

Ella adivinó la idea del joven, sin embargo no quiso creerlo. No podía imaginar que tan rígido era el código por el cual se regían esos toscos soldados. A pesar de todo, quiso confirmar su sospecha.

--¿Qué piensas hacer? No puedes hacer lo que estás pensando a menos que te lo ordenen… --dijo con ansiedad la joven.

--Es hora que conozcas a tu gente, Akiko. Todos aquí, cuando cumplan con su deber, cuando castiguen a Mukino y te dejen en un lugar seguro, harán lo mismo. Puedes empezar a verlos como fantasmas porque ya no tienen amo –respondió el samurái con una leve sonrisa.

Ella no podía creerlo. Tantos valientes desapareciendo en un momento, cometiendo seppuku[i], le parecía un ritual bárbaro e infructífero. Entonces trató de salvar la situación utilizando todo su ascendente sobre el hombre que amaba.

--Entonces, te diré esto. Hiroshi Takumi, eres mi guardia personal. Te prohíbo morir. Sólo yo puedo decidir cuándo y cómo lo hagas. Lo mismo les diré a todos los oficiales de mi padre. Yo seré su ama ahora.

--Akiko, no puedo prometer eso… --dijo con incomodidad el joven.

--¿Por qué?

--Porque se trata de un compromiso contraído con tu padre desde que el mío entró al servicio del tuyo.

--Es momento que decidas cuál ley es la más importante para ti –le recriminó la joven.

Vencido, el joven samurái cedió. O por lo menos lo hizo en apariencia.

--Haré lo que me ordené mi señora –respondió con firmeza.

--Primero es encontrar a ese oportunista. Sólo tú eres responsable de ello.

Takumi asintió dominado por completo. Después se puso de pie y haciendo una reverencia se alejó de las habitaciones, no sin antes recomendarle al médico, los guardias y los samuráis que no perdieran de vista a la princesa. Había que cuidarla más que nunca, sobre todo de los sirvientes a quienes ya consideraba de Mukino.

Dos lágrimas habían brotado de los ojos de Akiko mientras veía partir a Takumi. Tocó sus labios tratando de grabar en su alma el recuerdo del primer beso que recibiera en su vida. No podía creer que a pesar de todo nunca estarían juntos. Maldecía desde el fondo de su corazón el deber que se le había impuesto, pero sobre todo, injuriaba el horrible código de honor que llevaría a la muerte a la persona que más le importaba en el mundo. Con esos desconsoladores pensamientos terminó por caer rendida de sueño. Había incluso olvidado el dolor que le ocasionaba su herida.

A pesar de todo, fue un adiós muy amargo.

CAZANDO AL VERDADERO ASESINO

Amanecía cuando los samuráis acordaron, después de deliberar toda la noche, permitir a Hiroshi Takumi algo de libertad ya que la princesa Akiko lo había exonerado de la muerte de su padre y sus heridas. Pero no fue fácil para el joven convencer a sus compañeros de que le dejaran marchar a su lado para buscar a Mukino, después de todo había atentado contra su señor y eso no era fácil de olvidar.

Genzai entonces intercedió por él, pues la princesa le había encomendado llevarlo en esa misión en particular. Como no se decidía el asunto, Takumi les rogó.

--Sé que por lo que hice ya no me consideran uno de ustedes, sin embargo, yo sigo siendo un samurái. Crecí con sus enseñanzas y ahora quiero pagar mis errores cumpliéndolas, si por un instante olvidé mi deber. –dijo arrodillado frente a las tropas que estaban dispuestas a salir.

Genzai intervino de nuevo. Después del agitado día anterior, los oficiales lo nombraron su general interino así que uso de su autoridad para zanjar la cuestión.

--Denle su katana y un caballo a Hiroshi, el irá en la vanguardia conmigo. Como dije antes, este es el pedido de la princesa Akiko, cumplamos sus órdenes mientras resolvemos sus asuntos –ordenó a sus soldados—Además, yo vigilaré sus actos.

Los diez oficiales que dirigían el destacamento admitieron la orden sin replicar desde que el general se tomaba el trabajo de intervenir. De esa manera logró Takumi integrarse al grupo de búsqueda. Cabalgando lado a lado, el nuevo general quiso conversar con el joven.

--He hablado con la princesa Akiko esta mañana. Me dijo que fue ella la que te pidió que mataras a su padre.

Un balde de agua fría no habría causado el mismo efecto en Takumi. Sorprendido que Akiko se sincerara con Genzai, le asustó un poco pensar que el guerrero, siendo tan estricto, no la perdonaría. El general continúo su discurso.

--La princesa confía en ti, estoy seguro, aun cuando te negaste a ayudarla, o tal vez porque precisamente lo hiciste. Ella no creció con nosotros así que no entiende nuestras costumbres. También le cuesta admitir los deberes que su posición le imponen. A pesar de todo esto ha decidido llevarlos a cabo para expiar su culpa. Entiende al fin que por mucho que odiara a su padre no debió armar tu brazo en su contra. Me ha pedido que no te castigue. Creo que no sabe que el castigo para una falta como la tuya no viene de tus compañeros, sino de ti mismo.

--Traté de hacerle comprender eso, pero me ordenó no morir. En realidad me puso en un aprieto y tuve que mentirle diciéndole que la obedecería –dijo Takumi con gesto preocupado.

El general rió de buena gana por la salida del joven. Tenía varios días sin reír así que a todos sorprendió su reacción.

--Ella me ordenó lo mismo, aunque no reaccioné como tú. No le veo problema a vivir por ella, servirla hasta el final de mis días. ¿No lo crees así?

--Eso dependerá de su futuro esposo. Si él decide llevársela de aquí no habrá ama a quien servir –dijo amargamente el joven.

El guerrero no soportó ver el triste rostro del joven. Se daba cuenta que el muchacho terminaría con su vida sólo por evitarse el dolor de ver a la mujer que amaba en brazos de otro hombre. Para alejarlo de sus fúnebres ideas lo llamó al orden.

--Eso está mal dicho, Hiroshi. Si tus amos te perdonan la vida a pesar de tus horribles faltas, tu deber es seguirlos al final de la tierra. Si ella se desposa y se va, tienes que velar por ella donde esté. Ya cometiste el error de cegarte por egoísmo, no caigas en la misma trampa. Si eres su guardián y ella no te libera de la responsabilidad tendrás que obedecerla así te ahogues en tus propios celos.

El joven le miró sorprendido de que le interpretara tan bien el general. Descubrió su cobardía como si la tuviera escrita en la cara. Después de reflexionar unos instantes, le preguntó con curiosidad:

--¿Hará usted lo mismo general?

--Desde luego. Si no está mi señor debo velar por su hija. Estás equivocado si crees que pienso otra cosa. En cuanto a lo que quiso ella hacerle a su padre, no soy nadie para juzgarla. Ninguno de nosotros tiene nada contra ella, puesto que a final de cuentas no llevó a cabo su proyecto. Lo que sí te aseguro es que cogeré del pescuezo a ese solapado de Mukino y lo estrujaré con mis manos hasta que no respire. No puedo esperar para que lo juzguen y lo perdonen –dijo apretando los dientes Genzai.

--No podemos hacer tal cosa, general, la princesa quiere que le llevemos al castillo –respondió apesadumbrado el joven.

--Pero no dijo si quería verlo con vida. –concluyó fríamente el leal general Genzai.

Cabalgaron varias horas cuando se encontraron con el primer destacamento que les precedió. Este grupo de hombres había registrado una pequeña aldea de campesinos sin encontrar las huellas de Mukino. Genzai determinó entonces dividir a sus hombres para recorrer los alrededores en grupos. Siendo una fuerza de casi un centenar entre samuráis y soldados, formó grupos de entre quince y veinte encabezados por dos o tres oficiales. A cada grupo le envió por diferentes direcciones. El general tomó a su cargo el requisar la siguiente aldea, que casualmente era las más alejada por aquella dirección. Llevando consigo a Hiroshi, partió con su decena de soldados y otros dos samuráis.

La tarde caía cuando después de cabalgar dos horas en dirección al sur, el grupo llegó al pueblo que era su meta. Sin ofrecerles descanso a sus hombres, Genzai les ordenó empezar la búsqueda mientras él se dirigía al centro de la aldea. Esta era más un conglomerado de escasas casuchas de pobre apariencia.

Al llegar al centro acompañado de los samuráis y otros cuatro soldados elevó la voz para que los habitantes salieran y hablar con ellos. En un instante, varios campesinos salieron a su encuentro. Entonces el general les comunicó la grave noticia que habían decidido propagar en todas las tierras de Hakurai.

--Hemos venido a informarles que el amo de estas tierras, el señor de Hakurai, ha muerto. Además, su muerte se la debemos a Mukino, su administrador. El asesino escapó de su prisión comprando a dos soldados que seguramente le acompañan. Nosotros hemos llegado hasta aquí buscándolo. Si alguno de ustedes le ha dado asilo, necesitamos que lo entregue para llevarlo ante su hija, quien será la que dictará el castigo que le corresponde. No habrá represalias contra la persona que nos informe sobre su paradero, siempre y cuando podamos llevarlo con nosotros. Deben saber que está herido, por eso no tiene caso que se resista. Tal vez incluso se recompense a quien nos ayude a atraparlo.

De entre las personas que estaban reunidas frente a Genzai uno se aproximó para hablarle.

--Señor samurái, --dijo el campesino-- he visto que dos hombres cargaban a un herido en las afueras de la aldea por el camino sur. Es probable que le llevaran a uno de los graneros que tenemos ahí.

Al punto, Takumi, sin escuchar el final de la frase del aldeano partió hacia la dirección que les habían indicado. Genzai y los otros samuráis le siguieron apresuradamente.

El granero a que se hacía referencia estaba bastante retirado de la aldea. El joven emprendió su carrera sin siquiera pensar en sus acompañantes. Al llegar a veinte pasos del edificio, un hombre salió a su encuentro de entre las sombras del edificio. Aún no anochecía, así que pudo ver con claridad a aquel que le venía a hacer frente. Era uno de los soldados que le arrojaran del palacio. Alto y corpulento sostenía su espada cerrándole el paso. De un gesto, Takumi sacó su acero y le embistió directamente. El guardia logró esquivar por muy poco el golpe, arrojándose a un lado. Sin embargo, se dio cuenta muy tarde que el joven samurái no quería herirlo sino abrirse paso hacia el granero. Desafortunadamente cuando se percató de ello, no pudo siquiera levantarse del suelo porque ya tenía la punta de una katana en el cuello, amenazándole. Uno de los samuráis lo había sometido mientras dos guardias que llegaban se ocupaban de capturarlo.

Entre tanto, Takumi se dirigía a su meta sosteniendo su katana dsenvainada, presta a dar el próximo golpe. Con la mirada buscaba al otro soldado y a Mukino. Al punto, el soldado apareció empuñando a su vez la espada con ambas manos. Salió lentamente de la entrada del granero arrastrando tras de sí una negra sombra. Sin detener su impulso, el joven samurái llegó a su encuentro chocando su acero contra el del soldado. Por la fuerza del impacto, ambos contendientes tuvieron que retroceder un paso. Se estudiaron un momento para reiniciar el ataque, pero la mirada del soldado se desvió unos breves instantes hacia la izquierda. De inmediato, el joven percibió en ese gesto la presencia de otro atacante en su flanco: era Mukino. Mantenía su hierro en el aire, dispuesto a todo antes que morir a manos del muchacho que despreciara tanto. Tenía vendado el costado donde horas antes Hiroshi le causara daño. Sin embargo, la herida no parecía ser tan grave, puesto que le permitió escapar tan apremiantemente.

El joven, con la velocidad de un rayo, colocó de través su arma y detuvo los dos aceros que le amenazaban. Lejos de amedrentarse se sentía espoleado por el doble ataque, y con una fuerza que nadie pudiera imaginar en un cuerpo tan delgado, alzó su katana sacudiéndose a sus enemigos de un solo impulso.

Mukino respirando con fuerza se arrojó sobre el joven. Takumi tomó su acero con las dos manos y las espadas se encontraron. Al chocar, la del joven samurái deslizó la hoja rápidamente hasta la guarda del asesino con tal fuerza que éste tuvo que retroceder un paso.

En el momento que los hombres se separaban por el arrastre de sus desesperadas fuerzas, llegó la tropa al lugar donde se verificaba el duelo. El sonido de las espadas se había espacido por todo el lugar. Los soldados rodearon a los combatientes, mientras Genzai, alzando la voz, les conminó a rendirse.

Takumi no lo escuchó. Sobre excitado como estaba por la pelea, veía a Mukino como su presa y no pretendía dejárselo a nadie. De nuevo, se arrojó sobre su enemigo pero su acero no logró tocarle. A la voz de Genzai, Mukino retrocedió hasta uno de los costados del granero, desafiando a todos los presentes. Entre tanto, una mano de hierro cayó sobre las dos de Takumi que empuñaban su espada. Volviendo de su frenesí, el joven se viró a mirar al que le detuviera con tanto aplomo: el general Genzai lo sujetaba intentando calmarle.

--Basta Hiroshi –dijo con autoridad el guerrero- primero preguntémosle a estos valientes si te dejarán ser quien lo arreste.

Takumi echó un vistazo a esa veintena de soldados. A casi todos los conocía desde niño. Sin embargo, sus rostros, desfigurados por el odio, le fueron irreconocibles por un momento. Todos querían un pedazo de Mukino y no parecían querer entregárselo a nadie por pura generosidad. Genzai ordenó apresar al soldado que ya había soltado su espada rindiéndose. Mientras tanto, el círculo que rodeara al asesino se había estrechado, dejando tan sólo espacio para que pudiera éste defenderse del ataque de un solo hombre.

Genzai entonces se dirigió a todos.

--La afrenta que nos has hecho, Mukino, no alcanza perdón. Asesinaste a nuestro amo y heriste a su hija en la casa que debías guardar cómo cualquiera de nosotros. La princesa pidió que te lleváramos con ella. A pesar de eso, nunca nos dijo si debíamos preservar tu vida.

--Si me rindo a ustedes, tienen la obligación de hacerlo, hasta que lleguemos al castillo –dijo el aludido arrojando su espada a los pies del general.

--Eso sería cierto si yo, que soy quien comanda esta tropa, aceptara tu rendición. Pero no. No voy a hacerlo. En cambio, pediré opinión a estos valientes para saber quién de nosotros será el que te libere de tus pecados –respondió el fiel guerrero.

Al punto, se inclinó para recoger la espada de Mukino y se la arrojó a su vez a los pies. Éste, viendo que no tendría más oportunidad que la de defenderse la volvió a tomar esperando poder escapar en cualquier descuido de la tropa. Genzai entonces intercambio una mirada de complicidad con sus compañeros y se dirigió a Takumi.

--Hiroshi, te corresponde a ti librarnos de esta peste, puesto que fuiste calumniado por él. Todos perdonaremos tus faltas si cumples tu deber dándole una muerte inmediata.

Los ojos de Takumi se cubrieron de coraje. Se colocó frente a Mukino blandiendo su espada con la diestra. No había duda ni resentimiento en su mente, sólo resolución. La orden tácita era no prolongar el combate. Tampoco le podía permitir que se suicidara.

El administrador tendió su hoja hacia el joven samurái en señal de reto. Dio dos pasos vacilantes y atacó. Takumi, sin cuidarse de esa embestida, simplemente levantó su katana y la dejó caer con toda sus fuerzas sobre Mukino. El acero penetró en el hombro cruzando el pecho del enemigo, rompiendo en dos su espada. El cuerpo sin vida del ambicioso administrador cayó inerte en la grama.

Pasaron unos minutos antes que la escena se reanimara. Los soldados observaban con satisfacción los restos de aquél que les privara de todo matando al amo. Tuvo que ser Genzai quien les devolviera a la realidad acercándose al joven samurái. Él, como los otros, veía el cadáver sin aparente expresión. Al sentir la mano del guerrero posarse sobre sus hombros se estremeció ligeramente.

--Haz cumplido, Hiroshi. Ahora, levantemos los restos para llevarlos a nuestra nueva ama para que disponga de ellos… y de nosotros. No sientas compasión por él, ya es tarde para eso.

--No siento compasión, sólo vacío. Cumplido nuestro deber, ¿qué haremos después general? –preguntó el joven con ansiedad.

--Te lo dije. Haremos lo que ella nos diga. Marchemos a casa –concluyó con cansancio el guerrero.

En pocos minutos varios soldados ayudaron a Takumi a levantar el cadáver y lo colocaron en una manta. La tropa entonces se puso en marcha para reunirse con el resto de las fuerzas de Hakurai. Cuando todos se enteraron que la captura se había logrado, no dudaron que Mukino hubiese puesto resistencia y muerto por esa razón, así que regresaron al castillo contentos de haber vengado a su señor. Aunque nadie lo decía, el sentimiento de abandono prevalecía en todos los corazones.

LA PETICIÓN DE AKIKO

Esa mañana las gotas de rocío refrescaban la vegetación del estanque, ubicado en la parte central del palacio señorial de Hakurai. Al pié del encantador jardín las amplias habitaciones de la princesa Aiko comenzaban a animarse con un discreto ir y venir de la servidumbre. En la parte principal, donde las puertas abiertas permitían ver a la joven sentada sobre el tatami, recién recuperada de sus heridas, entraban por turnos los miembros del clan, dos o tres personas por vez, quienes acudían a tomar las órdenes de la joven convertida en impróvida líder de aquél lugar.

Akiko tomó la responsabilidad de organizar el castillo en ausencia del general Genzai, en quien depositara todas las atribuciones de su padre en espera de su próximo matrimonio. Hacía las entrevistas con gran resolución. Sin embargo, tanto servidumbre como guerreros notaban una sombra de tristeza en sus ojos.

La joven trataba de escuchar con atención lo que todos venían a decirle, pero de vez en cuando sus pensamientos volaban hacia su joven guardián, de quien pronto tendría que alejarse para recibir a su futuro esposo. De alguna manera el deseo de verlo de nuevo se mezclaba con el temor de ver regresar a sus guerreros, pues eso la aproximaba a la indeseable boda. De esas reflexiones emanaba su melancólica expresión y los habitantes de la casa no podían menos que compadecerla. Todos conocían al dedillo la historia de la joven ya que nadie había impuesto silencio sobre el tema. Sin embargo, al verla dirigir la casa desde su lecho de convaleciente les causaba gran admiración aunada a un enorme deseo de complacerla.

El momento temido por Akiko llegó esa mañana. Un par de horas después de recibir a su gente se escuchó el bramido lejano que producen las numerosas tropas a caballo cuando se aproximan. Todos salieron al patio del castillo a recibir a los guerreros fatigados de su expedición. Aunque sólo habían pasado dos días, parecía que el tiempo transcurrido se remontara a un mes por la cantidad de acontecimientos aglutinados.

Genzai llegó al frente de su tropa. Akiko, como todos, había acudido a recibirlos apoyada en una de sus acompañantes. Recibió al guerrero con una sonrisa afectuosa. Mientras agradecía el servicio prestado a su casa, sus ojos buscaban a Hiroshi Takumi entre la tropa. Él estaba justo detrás, montado en el mismo caballo que ella reconocería entre miles por ser siempre el distintivo que en cualquier momento le permitía ubicarlo. A su lado estaban dos hombres portando una gran urna funeraria. El general, siguiendo la mirada de la joven, le dijo entonces:

--En esa urna descansan los restos del hombre que asesinó a su padre, princesa. Nos fue imposible traerlo con vida pues opuso resistencia. La persona encargada de su arresto, el samurái Hiroshi, cumplió su misión al pié de la letra.

El corazón de Akiko latía con fuerza mientras observaba a Takumi erguido en su montura. Los ojos del joven estaban clavados en el suelo permaneciendo obstinadamanente en silencio.

--Agradezco que le trajeran, general. Han hecho muy buen trabajo y es lo que cuenta. Ahora necesito hablarle en privado antes de que se retire a descansar –pidió la princesa al guerrero, mientras con una mirada le señalaba al joven samurái para que lo llevara consigo.

Genzai entonces mandó a todos que se retiraran. Takumi hacía lo propio cuando el general se le acercó y en voz baja le pidió que le acompañara. Como si le despertaran de un sueño, el joven asintió con la cabeza y lo siguió a las habitaciones de la princesa.

Dirigiéndose a Genzai, Akiko le pidió que en cuanto se sintiese descansado iniciara los preparativos para el viaje hacía las tierras de su prometido. Igualmente le solicitó que nombrara a un lugarteniente que se quedara a cargo del castillo en lo que su futuro esposo tomaba posesión del lugar. Takumi escuchaba todo sin aparente interés, fríamente. Sólo un ligero estremecimiento al escuchar la palabra “esposo” lo delató. Entonces el general, tomando el gesto como el momento de salir de la habitación, se despidió de la princesa deseándole que se recuperara muy pronto.

De nuevo solos, Akiko y Takumi se miraron por un momento. Akiko se decidió a hablar.

--Necesitaba decirte algo muy importante… --dijo la joven conteniéndose apenas— Haz cumplido lo que te pedí y te lo agradezco. Ahora tengo que cumplir mi parte haciendo lo que mi padre deseaba para expiar mis errores.

Takumi la miraba fijamente. Sentía como si le estuvieran diciendo su sentencia final. Sin embargo, los acuosos ojos de Akiko lo volvieron a la realidad. Ella se interrumpió porque estaba a punto de llorar.

--De ninguna manera, princesa, veo problema en lo que dices. Ambos debemos cumplir con nuestro deber, aunque sea tarde. Por mi parte, puedo asegurarte que haré todo lo que me mandes --le dijo con ánimo de tranquilizarla.

La joven entonces se tragó las lágrimas y continuó.

--Desde que llegué a este lugar que odié desde el principio, fuiste tú la única persona que me comprendía a la perfección. Durante años has caminado a mi lado, velando por mi seguridad y alejándome de la soledad. Quiero que sepas que eres y serás siempre, lo más importante para mí.

Takumi, aturdido por las palabras de la joven, se acercó impulsivamente a ella y la abrazó. La joven le correspondió mientras le hablaba.

--Es por eso que voy a pedirte una cosa más. Ven conmigo, sigue siendo mi guardián. Deseo que permanezcas a mi lado a pesar del matrimonio. Sé que tal vez es exigirte más de lo necesario pero no tendré valor para seguir el camino que elegí si no estás ahí.

El joven no sabía que decir. El lugar en el que le colocaba esa petición era de los más penosos. Sin embargo, no vaciló al responderle mientras la estrechaba entre sus brazos.

--Como te dije Akiko, haré todo lo que me pidas. Seré tu guardián, si no puedo ser otra cosa. Velaré por ti y los tuyos hasta que de tu boca salgan las palabras que me den descanso. Estaré donde quieras que esté porque nada cambiara el hecho de que te amo.

Takumi decía esto mientras la miraba a los ojos. Entonces se acercó y la besó por última vez. No había más que decir entre ellos desde que estaban decididos a permanecer juntos.

EL DESTINO DE UN GUARDIAN

Una pequeña tropa acompañaba a la princesa Akiko al hogar de su prometido. La componían cinco sirvientes y diez de los más importantes samuráis de Hakurai. Genzai encabezaba el cortejo. Al lado de la silla de viaje de la princesa iba Hiroshi Takumi, silencioso. El general no podía imaginar lo que habrían resuelto los dos jóvenes. Estaba inclinado a compadecer al joven samurái que tan negro futuro se pintara cuando iban tras las huellas de Mukino. Sin embargo, algo en esa fisonomía había cambiado. Serio e impenetrable, el joven parecía haberse transformado en un soldado de sangre fría, cuya única consigna era obedecer órdenes. Genzai no tuvo un viaje aburrido estudiando los cambios de aquel a quien compadeciera tanto.

Su extrañeza creció al observar que la sonrisa aparecía en el rostro de Takumi mientras compartía con los otros samuráis.

Al llegar al hogar del prometido de la princesa, fueron recibidos con gran lujo. El intercambio de formalidades se llevó a cabo sin mayor problema. Mientras anunciaba el deseo de la princesa por conocer a su futuro esposo, miraba de reojo al joven samurái sin percibir cambio alguno en su actitud respetuosa. Intrigado, quiso hablar con él cuando fueron asignados a sus habitaciones, muy próximas a las de la princesa.

--Hiroshi, he visto cambios en tu personalidad que no me explico --soltó a boca jarro el guerrero.

Takumi no se sorprendió por la pregunta. Fue lo suficientemente leal para responder al general.

--La princesa me pidió que siguiera siendo su guardián. He decidido serlo hasta que ella diga lo contrario –dijo con voz neutra el joven.

--Y… ¿Estás bien con eso, Takumi? –inquirió el guerrero con cierto tono paternal.

--No sé. Sin embargo, creo que lo estaré, siempre y cuando pueda permanecer cerca de ella.

El joven sonaba decidido. Genzai, a pesar de sus dudas, quiso confiar. Se fueron a descansar después de asignar turnos para el cuidado de la princesa.

Las bodas se celebraron obedeciendo los cánones de la época. Fue un intercambio frío, muy común para la gente poderosa. Se decía que el general Genzai había llevado las negociaciones a extremos inesperados, todo a instancias de la princesa. Había exigido para concretar la unión que la pareja viviera en Hakurai sin relevar a uno sólo de sus sirvientes y soldados. A la inquietud del contrayente sobre lo que debía pasar con su propia gente, Genzai le comunicó que había espacio suficiente para que los dos clanes convivieran. Fue suficiente para tranquilizarlo, así que no hubo más objeción al tema.

Al volver a Hakurai, el grupo creció considerablemente convirtiéndose en dos comitivas en lugar de una. La princesa iba primero en su propia silla, mientras que su flamante esposo iba en una propia. Ambos llevaban su respectiva tropa.

Genzai seguía con curiosidad la caravana cuando sus ojos se fijaron en Takumi, quien daba órdenes para liberar el paso de la silla a través de un estrecho camino. Al terminar se acercó al joven.

--Te has acostumbrado a la idea, por lo que parece. En verdad estás decidido a seguir adelante con esto –le dijo.

--Sí. No tengo dudas al respecto. Y se lo debo a usted, general Genzai. He aprendido muchas cosas a su lado, más de las que aprendí antes. Se lo agradezco.

--¿De mí? ¿Qué fue lo que aprendiste?

--La obediencia que le debo a mi dueña –respondió sencillamente Takumi.

En aquel momento uno de los sirvientes a caballo se acercó al joven samurái:

--La princesa Akiko solicita que su guardia esté a un lado de su silla.

Por toda respuesta, Takumi sonrió a Genzai, espoleó a su caballo y se dirigió hacia la silla de Akiko donde permaneció el resto del viaje.

Genzai pudo ver que por momentos parecían conversar, pues el rostro impasible de Takumi se tornaba de repente muy amable y reflejaba una discreta sonrisa. El guerrero entonces se acordó de la mirada que Takumi Hiroshi le dirigió cuando se dirigía a la silla. Era la de un guerrero capaz de proteger con su vida a su ama sin la menor vacilación. Recordó también el momento en que, poniendo toda su fuerza en un solo golpe, el joven derribó a Mukino, la tarde que lo encontraron. Sin embargo, de todos esos recordatorios que hacían a ese samurái algo muy especial, se decidió por el momento en que, a un lado del transporte de la princesa Akiko sonriera dulcemente, como la mayor muestra de su resolución inquebrantable.

[i] *Seppuku o harakiri es una forma ritual de suicidio donde el guerrero se desentraña con sus propias armas.