Tuesday, October 17, 2006

EL GATO


Después del entierro tomamos cada cual su rumbo. Los jardines del cementerio estaban todavía húmedos, así que confundí la pesadez de la tierra húmeda en mis zapatos con la tristeza de tu pérdida.
Caminando llegué al edificio que habitabas, mientras recordaba la tarde (curioso: también era lluviosa) en que te conocí, en aquélla solitaria alameda. Tú estabas sentado en una banca y tenías en el regazo a tu gato, un común gato pardo de ojos amarillos y regordete. Todo en el era predecible. Su apacible mirada de satisfacción, de glotón que vive en el paraíso, bien alimentado, mejor tratado. En cambio tú eras siempre un enigma. Nunca entendí porque lo amabas tanto.

Un par de veces te vi acariciarlo y a él responderte con un impredecible rasguño. Según mi sentido común era una animalejo egoísta, frío e intolerante. No dejaba de maullar con esa vocecilla ronca y reclamadora de la que era dueño cuando por descuido le dejabas sin alimento, o cuando olvidabas abrir la puerta del departamento para dejarlo escapar a su capricho. Como dije, tu gato era predecible, pero tú no. Totalmente despegado de las cosas materiales no te importaba olvidar el rastrillo un día, o planchar tu camisa. No he de negar que eras muy limpio, pero los afeites que hacemos para las otras personas no formaban parte de tus hábitos. Luego esos libros... ¡Qué mezcla de temas y autores tan extraños! Baudelaire y la moralista Jane Austen, Marcel Proust y Alexandre Dumas.... tantos extranjeros y tan diferentes entre sí. Recuerdo muy bien que nuestra primera conversación sobre autores fue fabulosa, pues ambos coincidimos en que Dostoievski era el privilegiado. Sin embargo, saber que eras tan culto no te hacía pedante. Me gustaba escuchar tus relatos de novelas, de ensayos, de cuentos, de poesías, todo con el entusiasmo del mejor chismoso, con la sencillez del conversador más espontáneo. Sé que extrañaré esas pláticas, sobre todo porque en los tiempos que vivimos no hay renacentistas como tú. En muchas cosas fuiste mi maestro, pero eras más valioso para mi como amigo. Y todo eso me llevó a recordar de nuevo a tu gato... Qué sería de él si ya no estabas. A quién miraría con tanta fijeza durante horas como cuando en tus piernas se erguía y ambos entablaban ese diálogo silencioso, donde reflexionarías tantas cosas mientras él... ¿qué sería lo que hacía? Así que en esas cosas pensaba cuando abrí la puerta de tu casa. El olor a felino ya era familiar para mí, pues desde tu repentina enfermedad no salíamos de ese lugar. Otra cosa curiosa es que en ese tiempo nos vimos más que en todos los años que llevábamos de conocernos, y compartimos más ideas. Quisiera en este momento decirte “Recuerdas cuando...”, pero estoy demasiado enterada de que no habrá respuesta. Busqué al minino por la casa y lo hallé en tu cama dormitando. También se habrá habituado a estar en ese sitio, como cuando no podías levantarte más y lo tenías a tu lado, lamiéndote las manos. En su caricia felina pensaría devolverte la salud y hacer que le atendieras. Ciertamente era tu consentido, disculpa si manifiesto algo de celos. Recogí al gato, lo llevé a la sala y le di un plato de leche. Él me miraba perezosamente. Pensé mil cosas: limpiar el departamento, acomodar tus libros, recoger tus notas, meterlas al ordenador... Nada de todo eso tendría sentido, pero no sabía que hacer, la decisión que me dejaste en el último momento de tu vida me pesaba tanto en ese momento que rehuía examinarla. Tu rostro generoso apareció entonces frente a mi, reflejado en tu gato quien jugueteaba en la alfombra maullando placenteramente, mirándome con fijeza y desenfado. De pronto no lo vi desvalido. Tuve la certeza de que podía dejarlo solo, que debía dejarlo solo, pues eso era lo que él deseaba. Entendí por un breve instante como te comunicabas con él, y casi pude escuchar sus pensamientos. Presa de la nostalgia lo alcé del piso para contemplar su rostro más cerca, a la altura del mío. Algo de esa libertad que anhelaba el animalito se me antojaba similar a tu deseo veinte veces expresado de morir para ser enteramente libre. Entonces me pareció si en aquel determinante momento tuviese un extraño poder que ejercería sobre ti y tu esencia, esparcida por las habitaciones como tus notas apresuradas, las cuales permanecían regadas por la alfombra, así que lo decidí de inmediato. Lo coloqué en el piso y abrí la ventana más próxima. Le tomó un segundo comprenderme y salió de tu hogar -tal vez para siempre-, bajando por las tuberías, y saltando a la calle con el vigor de su felina existencia. Sólo él podía cuidarse, no necesitaba de nadie. Al alejarme definitivamente de tu casa sabría que cada vez que viera a uno de su especie pensaría en ti y me entristecería. Ahora sé que cuando perciba el olor a gato, cuando se cruce alguno en mi camino, entonces meditaré sobre todo lo que no hicimos juntos, sobre lo que planeamos aún cuando tus horas estaban contadas.
Mi confusión era tan grande que no supe las horas que pasé ensimismada después de que se marchó tu mascota, pero tenía la certeza de que no regresaría más, y sabía que yo misma seguiría su ejemplo, así que te despedí de noche, con una maleta que hice de un par de libros y tus diarios, no tomé nada más que unos minutos para observar el último recuerdo de ti: tu hogar completamente vacío. Después salí de allí y regresé a casa.

Thursday, October 12, 2006

Letargo

El fluido empezaba poco a poco a recorrer su cuerpo. En un principio fue un ardor que viajaba por su sangre, y muy pronto le invadió la cabeza, recorriendo como impulsos quemantes de electricidad. Casi podía sentir cada rama de su cerebro abrasada por ese calor y esa descarga.
Se puso en pie de un salto y trató de correr a la cocina a buscar hielo para mitigar el dolor que experimentaba, mas se detuvo a los dos pasos pues el efecto ya le había aletargado. Un ligero mareo y sus vacilantes pasos le recordaron lo que llevaba dentro, así que volvió a sentarse para esperar que el malestar se alejara.
Miró el muro de enfrente. ¿Qué había ahí? Ah, si… una gastada litografía de esa famosa pintura… pero no recordaba su nombre… ya estaba olvidando incluso donde se encontraba.
Cerró sus ojos y entonces lo vio todo: un niño jugaba feliz con pequeños “luchadores” de plástico. Sus brillantes capas lanzaban rayos multicolores en medio de la oscura calle. Luego estaba una mujer, contemplándolo con esa sonrisa que llega al corazón y llena de gozo.
En un parpadear desapareció la escena, y una oscuridad profunda sustituyó la visión del infante y la mujer, ahora parecía hallarse en un largo túnel. Empezó a caminar sujetándose de las paredes, medio embriagado y tambaleante se dirigió hacia la luz del final.
Una inmensa luz le cegó al salir del túnel, pero después pudo contemplar con asombro un campo verde y extenso. Caminó un poco y se dejó caer de bruces sobre la hierba.
Entonces la vio… ¡Era tan hermosa! Su cabello dorado, sus ojos azules. Ahora se hincaba a su lado y le tomaba la cabeza con ambas manos para colocarla en su regazo. Acariciaba su cabello y le miraba con tanta ternura. En ese momento sintió tanta paz, como nunca antes en su vida. De nuevo cerró los ojos, pero al volver a abrirlos no pudo reprimir un grito de verdadero terror. Ella seguía ahí, pero ya no era la misma: su piel se tornó gris y ajada, sus manos descarnadas estaban rígidas y no había ojos en las órbitas, sólo dos profundos y negros huecos. Ese cabello, tan espeso antes, se había transformado en mechones pajizos.
En un segundo lo comprendió todo: Sí. Era ella en la muerte. ¿Cuándo murió? La semana pasada. Fue al entierro y se quedó aletargado, sin hacer nada por evitar que la enterraran, pero deseándolo con todas sus fuerzas.
Y comprendió todo de nuevo. Ya había pasado el efecto. Reaccionó en medio de la oscuridad de su habitación, se inclinó hacia el piso y tanteó con las manos buscando un objeto… ¿Dónde había quedado la jeringa?
Con manos temblorosas la tomó y con movimientos desesperados la llenó de un frasquito salido de no se sabe donde… Sin mayor transición empujó la aguja en medio de su brazo izquierdo y con un solo movimiento todo el líquido entró en su cuerpo. Esta vez no pudo siquiera pensar, cayó pesadamente al piso boca abajo y dos lágrimas traicioneras brotaron de sus inermes ojos. ¿Qué más da? Todo sea por este trocito de felicidad. Todo sea por un pedacito de dicha. Todo sea por volver a verla.