Entre las zarzas secas del jardín, unos ojos brillantes atravesaban la oscuridad de la noche. Ciertamente era una noche peculiar aquella, pues las vagabundas nubes cubrían por completo la luna, mientras la humedad impregnaba el ambiente. En la ciudad todo parecía dormir, a pesar de las luces incandescentes de las calles pues no se percibía siquiera el lejano rumor de los autos. Al salir de la reunión, Lorna no se atemorizó por las oscuras calles de aquella serena ciudad, tan pacífica y tranquilizadora en el día, abstraída por sus propios pensamientos.
Había decidido vivir aquí para escapar de la rutina y el aburrimiento que en su antiguo hogar la deprimiera tanto. Así, decidió tomar la ruta más corta a casa, aunque recordó que debía atravesar un largo jardín aislado el cual posiblemente no tendría la iluminación necesaria. Ella sólo pensó en llegar a casa pronto.
Llegado al principio del parque observó con dificultad, entrecerrando los ojos, en busca del camino que debía seguir, pues la noche era aún más lóbrega desde donde se hallaba. Caminó durante cinco minutos casi a tientas, revolviendo la tierra con sus zapatos finos, pensando que ya estarían arruinados por el paseo nocturno; de nuevo intentó hurgar en la oscuridad para saber hacia dónde dirigirse. Fue entonces cuando los vio. Dos brillantes ojos flotantes sobre ramas negras secas, justo frente a sí. Contuvo el aliento y sintió miedo repentino, la idea de ser atacada por algún asaltante nocturno entró en su cerebro apresuradamente para salir de él casi de inmediato.
Parada frente a una zarza, paralizada, vio subir los dos brillantes ojos, como una ráfaga acercarse, en un segundo estuvieron frente a ella. Mientras su mirada se acostumbraba a la oscuridad pudo definir en su mente lo que estaba ahora a su lado. Era un hombre alto, delgado en extremo. Alcanzó a percatarse que vestía un traje y corbata de aspectos algo común, aunque sobre su cabeza parecía destacarse una cabellera negra, larga, que le cubría casi toda la cara.
Extendió una mano para tocar a esa persona, pero no tuvo tiempo: dos segundos después sintió la estrechez de un abrazo violento. Una mano se posó sin titubeo sobre su nuca apartando de un movimiento su cabello, sujetándoselo con fuerza. Presa del terror, Lorna no podía siquiera gritar; la angustia le ahogaba cuando sintió los dientes de su atacante sobre el cuello, perforándolo, mas al momento percibió que de la herida aquel hombre le succionaba despacio, como si se tratase de un extraño beso. Unos segundos después se desvaneció, completamente convencida que ese era su último día en la tierra.
A la mañana siguiente, Lorna abrió los ojos gracias al frío matinal. Se encontraba en medio del parque, lejos del camino que creyera recorrer por la noche. Le sorprendía enormemente saber que aún estaba con vida, lo que la llevó a creer que había soñado los sucesos de la noche anterior. Se imaginaba que por el miedo a la oscuridad se habría desmayado, pero este pensamiento no le duró mucho pues al tocarse el cuello sintió dos heridas extrañas. Corrió hacia su casa y al entrar se aproximó al espejo más próximo, entonces vio dos marcas redondas, una debajo de la otra, separadas por un par de centímetros, aún abiertas… ¡Marcas de una mordedura!
Lorna no salió de casa ese día pues el miedo se adueñó de ella. Se dedicó a recordar los mil cuentos que había escuchado parecidos a su historia. Sin embargo, a medida que su miedo disminuía, otro pensamiento más inquietante se apoderaba de ella. Durante el ataque, había experimentado una rara sensación, mezcla de angustia y placer. Poco a poco pasó del terror a la extrañeza y de ésta, a la curiosidad. No sabía si el ataque le hubiese causado más daño del que creía mientras reflexionaba sobre cada una de las cosas que percibió de su atacante, seducida totalmente por su anonimato.
Días después, cada vez que salía de casa, miraba a todos lados con precaución, estudiando todos los rostros que se cruzaban en su camino. Parecía más desconfiada cada día. Sin embargo, desde aquella noche, Lorna buscaba cualquier pretexto para caminar por aquel jardín, deseando fervientemente encontrar de nuevo a su vampiro.
Noviembre 24, 2008
Friday, July 03, 2015
Instantes
Desde el pequeño refugio temporal
en que el tiempo se detuvo errante,
y por buscar la respuesta eterna
y ubicar el minimo instante,
aquel trozo de tiempo perecedero
me llevó ahí, a aquel momento
y lo supe -inexorablemente-
estaba en soledad eterna, con la vida.
Ni un murmullo me dio compañía;
ni un trino me brindó alegría;
sólo INSTANTES de fugaz tormento
de efímera existencia vana,
sólo INSTANTES de momentánea fuerza
porque nada en ellos fue profundo
y no hubo -cuando transcurría- verdad absoluta.
Pero me equivoco, porque sí,
sólo hubo una: que si el instante es pequeño
una unión de éstos construye un mundo
de esperanzadora dicha, de amarga tristeza
eso... sólo eso es la trascendencia.
Mayo 17, 2005
en que el tiempo se detuvo errante,
y por buscar la respuesta eterna
y ubicar el minimo instante,
aquel trozo de tiempo perecedero
me llevó ahí, a aquel momento
y lo supe -inexorablemente-
estaba en soledad eterna, con la vida.
Ni un murmullo me dio compañía;
ni un trino me brindó alegría;
sólo INSTANTES de fugaz tormento
de efímera existencia vana,
sólo INSTANTES de momentánea fuerza
porque nada en ellos fue profundo
y no hubo -cuando transcurría- verdad absoluta.
Pero me equivoco, porque sí,
sólo hubo una: que si el instante es pequeño
una unión de éstos construye un mundo
de esperanzadora dicha, de amarga tristeza
eso... sólo eso es la trascendencia.
Mayo 17, 2005
Vacío temporal
Verás. No es que siempre estaré aquí, esperándote. Es que el tiempo a veces se vacía y no es posible moverse. La ausencia suele ser algo que no todos respetamos. Hoy te necesito pero mañana, quién lo sabe. Tu comprendes.
Por unos cinco minutos el reloj parecía más lento que de costumbre; tanta era la impaciencia porque llegarás. El calor era demasiado, y la incomodidad mucha, así que recorrí la banqueta de un lado a otro, con pasos calmados y perezosos.
Al levantar la mirada pude observar –cosa extraña- por vez primera a una vendedora. Sabía que siempre ha estado ahí, en el piso sentada, pero nunca la había observado.
Te repito que no siempre te estaré esperando, pero se ha hecho cotidiano venir a buscarte. Este tiempo es para ti. Así que haré la guardia sin quejarme y con tranquilidad, pase lo que pase. Pero pasó.
Por fin decidí marcharme. Calmada tomé el camino de la derecha y abandoné mi puesto. Sin embargo, ensimismada como estaba con tu tardanza no puse atención y sin apenas notarlo di media vuelta y regresé.
Entonces, por fin, llegaste.
Lo curioso de esta espera eterna de cinco minutos fue que te escribí esto:
En pie estuve la tarde,
esperándote.
Miraba a la gente y al cielo.
Buscaba el segundo perfecto,
el tiempo en que vendrías
y te alejaras.
Vagando mi pensamiento
por pensamientos y pensamientos,
el vacío temporal se hizo
cuando fije mi idea:
por muy lejos que estuvieras,
aquí estarías.
Un minuto...
un segundo...
Fáltame el momento
para emocionarme al verte
para sonreír si estás a mi lado,
para llorarte si no estás
para despedirte en la muerte.
Mayo 17, 2005
Sombras solidarias
Las sombras son mi tema recurrente:
flotantes me envuelven
y me encierran entre sus pliegues.
En este diálogo que tenemos
donde lo digo todo
Y tu escuchas inerme
no será una revelación
mi triste condición;
el eterno presentimiento trágico,
la inamovible actitud
que vuelca mi alma gris
en melancólicas palabras y actos.
En todo esas sombras son solidarias.
Hoy tu tierra se vistió de luto:
lloró por sus muertos.
Las sombras sollozaron y supe
que hoy debo que acompañarte.
pues tengo en el corazón
la herida que tu guardas.
Este día, por esa razón, la pena me embarga.
(Escrito el 11 de marzo de 2004, para la madre Patria, España)
flotantes me envuelven
y me encierran entre sus pliegues.
En este diálogo que tenemos
donde lo digo todo
Y tu escuchas inerme
no será una revelación
mi triste condición;
el eterno presentimiento trágico,
la inamovible actitud
que vuelca mi alma gris
en melancólicas palabras y actos.
En todo esas sombras son solidarias.
Hoy tu tierra se vistió de luto:
lloró por sus muertos.
Las sombras sollozaron y supe
que hoy debo que acompañarte.
pues tengo en el corazón
la herida que tu guardas.
Este día, por esa razón, la pena me embarga.
(Escrito el 11 de marzo de 2004, para la madre Patria, España)
Entrevista con la Muerte
Era una entrevista de rutina, pero...
Acaso eran las 5:00 de la tarde cuando llegué al exclusivo barrio donde estaba el cafecito que sería escenario de nuestra entrevista.
Luego de ordenar, me coloqué en una de las mesas más apartadas del sitio: lo suficiente como para manejar con discreción el encuentro, aunque ese lugar estaba frente a un enorme ventanal (tal vez la recurrente necesidad del inconsciente por sentir una salida próxima).
A los cinco minutos apareció ella, con su característica túnica y su guadaña. Se sentó frente a mi, lo cual no es de sorprender pues ella nos conoce a todos.
A manera de saludo lance la primera pregunta:
-- ¿Mucho trabajo? (inmediatamente me arrepentí de haberlo dicho)
Con una amabilidad que -no sé por qué- nunca habría esperado de ella, me respondió:
-- Lo de siempre.
Entonces empecé con el análisis rutinario de cada entrevista: estudié sus facciones, su atuendo, no encontré nada fuera del cliché, aunque sí, había algo diferente en su rostro, pues ciertamente reflejaba una enorme serenidad.
-- Antes de iniciar quisiera excusarme por distraerle de sus ocupaciones, que todos sabemos son muchas.
-- Para todos tengo tiempo, —respondió con amable sonrisa y agregó-- pero desde luego esto debe ser breve.
--¿Será posible que me explique el por qué no escogió otra profesión?
-- Si estuviera en mi persona el haber decidido, tal vez no habría resuelto formar parte de esto. Pero debo confesar que a través de los siglos aprendí que este era el oficio que necesitaba.
-- ¿Por qué?
-- Porque llevar la paz al alma atormentada, el consuelo a la entristecida y la calma a quien lo vivió todo, resultó, a la larga, mejor de lo que creía, de lo más gratificante.
Hasta ese momento no comprendía lo que estábamos hablando. Creo que estaba obsesionada pensando por qué tenía esa cara tranquila, en mi fuero interno pensaba: “acaso no siente remordimiento”, así que con gran confusión lancé la siguiente pregunta:
-- ¿Existe un tiempo para cada uno?
-- No es así. Llego a las personas la mayoría de las veces por sorpresa, aunque cuando soy esperada generalmente es porque han resuelto todo ya.
-- ¿Cómo es eso? ¿Acaso se resuelve todo antes de ese día?
-- Cuando el que me espera ha vivido y sabe que su hora se aproxima, no tiene más que ordenar sus ideas antes de abandonar este mundo y podrá decir en el otro que lo resolvió todo.
Miré hacia el ventanal un tanto preocupada. Quizá esta entrevista no me correspondía. Era difícil pensar frente a alguien con tanto poder.
-- ¿Cuándo decide usted que debe visitar a una persona?
-- Lamento decirte que tu pregunta es absurda. No es mi decisión, son las circunstancias las que determinan ESE momento. Así que no podría responder a tu pregunta, sólo sé que debo visitar a alguien y lo hago.
-- ¿Es un misterio también para usted?
-- Tan grande como todo lo que tiene relación con la vida, como nacer o como envejecer. Sólo sucede.
Por primera vez escuché lo que decía. La reflexión llegó entonces y le comenté:
-- El tema nos resulta tan desagradable que no es fácil pensar respuestas tan simples. ¿Existe algo que quisiera que todas las personas supieran sobre usted?
-- Bueno... No. Creo que si tuviera algo que decir ya lo habría dicho. Me acostumbré al temor de las personas, a la ignorancia, al dolor y a todo lo que se relaciona con mi trabajo. Tal vez hubo veces que quise comunicarme, pero las respuestas llegaron pronto y solas.
Habrían pasado como 20 minutos. Era hora de terminar la conversación, pues así se había acordado antes.
Sin embargo, había una pregunta que estuvo en mi cabeza todo el tiempo, pero que no sabía como plantearla. Finalmente la lancé a quemarropa:
-- ¿Cuándo terminará con su trabajo? ¿Algún día llegará el descanso eterno para usted?
Se agitó repentinamente. Tal vez no esperaba aquello, tal vez sí pero igual le incomodaba.
-- Creo... No. Sé. Sé que el día llegará, porque todo tiene final en este mundo (y en el otro), pero como todos, no sabré cuando. Será cuando deba ser y sin postergaciones. En esto no hay preferencias.
-- Le agradezco su tiempo. Espero que al publicar la entrevista quede a su satisfacción.
-- Bien. También lo espero.
Se levantó entonces de la mesa y, con mesurado paso, salió del Cafecito.
Es curioso, pero esperaba que me diera un adiós antes de marcharse y temía un “hasta muy pronto” que redujera mis posibilidades de vida considerablemente, pero no ocurrió. Así como llegó se fue. En cambio, me quedé en mi sitio pensando con temor y confusión sobre este diálogo tan extraño y simple a la vez.
Pocas entrevistas me han dejado tan profunda impresión, aunque era de esperarse, sobre todo si se tiene el honor de entrevistar, aunque sea por veinte minutos, a la distinguidísima Muerte.
Mayo 16, 2005
Acaso eran las 5:00 de la tarde cuando llegué al exclusivo barrio donde estaba el cafecito que sería escenario de nuestra entrevista.
Luego de ordenar, me coloqué en una de las mesas más apartadas del sitio: lo suficiente como para manejar con discreción el encuentro, aunque ese lugar estaba frente a un enorme ventanal (tal vez la recurrente necesidad del inconsciente por sentir una salida próxima).
A los cinco minutos apareció ella, con su característica túnica y su guadaña. Se sentó frente a mi, lo cual no es de sorprender pues ella nos conoce a todos.
A manera de saludo lance la primera pregunta:
-- ¿Mucho trabajo? (inmediatamente me arrepentí de haberlo dicho)
Con una amabilidad que -no sé por qué- nunca habría esperado de ella, me respondió:
-- Lo de siempre.
Entonces empecé con el análisis rutinario de cada entrevista: estudié sus facciones, su atuendo, no encontré nada fuera del cliché, aunque sí, había algo diferente en su rostro, pues ciertamente reflejaba una enorme serenidad.
-- Antes de iniciar quisiera excusarme por distraerle de sus ocupaciones, que todos sabemos son muchas.
-- Para todos tengo tiempo, —respondió con amable sonrisa y agregó-- pero desde luego esto debe ser breve.
--¿Será posible que me explique el por qué no escogió otra profesión?
-- Si estuviera en mi persona el haber decidido, tal vez no habría resuelto formar parte de esto. Pero debo confesar que a través de los siglos aprendí que este era el oficio que necesitaba.
-- ¿Por qué?
-- Porque llevar la paz al alma atormentada, el consuelo a la entristecida y la calma a quien lo vivió todo, resultó, a la larga, mejor de lo que creía, de lo más gratificante.
Hasta ese momento no comprendía lo que estábamos hablando. Creo que estaba obsesionada pensando por qué tenía esa cara tranquila, en mi fuero interno pensaba: “acaso no siente remordimiento”, así que con gran confusión lancé la siguiente pregunta:
-- ¿Existe un tiempo para cada uno?
-- No es así. Llego a las personas la mayoría de las veces por sorpresa, aunque cuando soy esperada generalmente es porque han resuelto todo ya.
-- ¿Cómo es eso? ¿Acaso se resuelve todo antes de ese día?
-- Cuando el que me espera ha vivido y sabe que su hora se aproxima, no tiene más que ordenar sus ideas antes de abandonar este mundo y podrá decir en el otro que lo resolvió todo.
Miré hacia el ventanal un tanto preocupada. Quizá esta entrevista no me correspondía. Era difícil pensar frente a alguien con tanto poder.
-- ¿Cuándo decide usted que debe visitar a una persona?
-- Lamento decirte que tu pregunta es absurda. No es mi decisión, son las circunstancias las que determinan ESE momento. Así que no podría responder a tu pregunta, sólo sé que debo visitar a alguien y lo hago.
-- ¿Es un misterio también para usted?
-- Tan grande como todo lo que tiene relación con la vida, como nacer o como envejecer. Sólo sucede.
Por primera vez escuché lo que decía. La reflexión llegó entonces y le comenté:
-- El tema nos resulta tan desagradable que no es fácil pensar respuestas tan simples. ¿Existe algo que quisiera que todas las personas supieran sobre usted?
-- Bueno... No. Creo que si tuviera algo que decir ya lo habría dicho. Me acostumbré al temor de las personas, a la ignorancia, al dolor y a todo lo que se relaciona con mi trabajo. Tal vez hubo veces que quise comunicarme, pero las respuestas llegaron pronto y solas.
Habrían pasado como 20 minutos. Era hora de terminar la conversación, pues así se había acordado antes.
Sin embargo, había una pregunta que estuvo en mi cabeza todo el tiempo, pero que no sabía como plantearla. Finalmente la lancé a quemarropa:
-- ¿Cuándo terminará con su trabajo? ¿Algún día llegará el descanso eterno para usted?
Se agitó repentinamente. Tal vez no esperaba aquello, tal vez sí pero igual le incomodaba.
-- Creo... No. Sé. Sé que el día llegará, porque todo tiene final en este mundo (y en el otro), pero como todos, no sabré cuando. Será cuando deba ser y sin postergaciones. En esto no hay preferencias.
-- Le agradezco su tiempo. Espero que al publicar la entrevista quede a su satisfacción.
-- Bien. También lo espero.
Se levantó entonces de la mesa y, con mesurado paso, salió del Cafecito.
Es curioso, pero esperaba que me diera un adiós antes de marcharse y temía un “hasta muy pronto” que redujera mis posibilidades de vida considerablemente, pero no ocurrió. Así como llegó se fue. En cambio, me quedé en mi sitio pensando con temor y confusión sobre este diálogo tan extraño y simple a la vez.
Pocas entrevistas me han dejado tan profunda impresión, aunque era de esperarse, sobre todo si se tiene el honor de entrevistar, aunque sea por veinte minutos, a la distinguidísima Muerte.
Mayo 16, 2005
Diario de una prostituta
Hoy entre tarde a la habitación. Esperaba ocuparme de este último cliente por sólo unos cuantos minutos, no obstante la paga.
Se me había dicho que era trato especial, que se trataba de una persona muy ocupada… Pero después de todo, no resultó como pensaba.
Apenas anochecía cuando, estando sobre la acera al cobijo de un gran portón, se acercó un auto enorme y oscuro. De la ventanilla emergió una mano sosteniendo un billete y una voz masculina requiriendo mis servicios. Al recibir el dinero di mi domicilio y entonces el auto arrancó, dejándome la sensación de haberlo imaginado.
Corrí las dos calles que me separaban de mi casa y subí hasta el pequeño cuarto. Tuve que esperar casi dos horas, pero por fin llegó mi invitado. Se trataba de una mujer.
Aunque cada día esto se hace más común en la ciudad, la sorpresa que me causa no disminuye, pero recapacité: “el trabajo es el trabajo”, así que empecé por ofrecerle algo de beber.
La chica me miró y se negó. Después bajó los ojos y pasaron varios penosos minutos de silencio. No quise interrumpir su meditación, pues adivinaba que algo extraordinario estaba por ocurrir.
La chica quebró su silencio con un grito de vergüenza que puso a temblar mi cuerpo. El sobresalto que sentí me recordó los muchos que este oficio me ha ido proporcionando. Después dijo que no venía a eso. Entonces empezó a contarme que ella era igual a mí.
“Igual a mí” pensé, “¿Cómo podría serlo?”. Claro que no la entendía, pues tan solo su apariencia y ropas revelaban el lujo y la elegancia que sólo ves en televisión o en las revistas.
Entonces comenzó a relatarme su vida. Me dijo como cuando niña fue abandonada por su padre y obligada por su madre alcohólica a venderse. También me contó que después de mucho batallar y deshacerse de su ejemplar madre encontró un buen hombre que le da de todo, aunque claro, está casado y es un respetable ciudadano.
Al final de su relato me habló de sus intenciones de aquella noche. De vez en cuando lo hace. Vaga por las calles buscando muchachas para ayudarles. A algunas les brinda un billete y les cuenta esta historia para que sepan que tienen alguna esperanza. A otras les busca una ocupación más sana.
Una risa contenida estaba por explotar desde mi estómago. Era bonito el cuadro, sin duda, pero no me pareció en ese momento más que el patético intento de enmendar sus propios errores en otras “como ella”.
Elogié todo lo que pude sus esfuerzos, aprobé sus intenciones, (había que justificar la paga), pero cuando llegó el momento de recibir la gracia que la chica me otorgaba, decliné.
Le dije tan sólo que no estaba lista para salirme, pero igual le agradecí hasta el cansancio. Finalmente me dijo que se marchaba, y dejó sobre la mesita de noche un gordo fajo de billetes y por fin salió de mi habitación.
En automático puse mi mente en blanco, conté el dinero y lo guardé bajo la cama. Cansada me acosté para dormir pero no dejaba de pensar en la pobre chica.
“Pobre chica, sigue siendo una prostituta y no lo reconoce. Igual me hubiera servido recibir algo de sexo aquella noche”.
“¿Cuántas personas no vienen a mi creyendo ser lo que no son, diciendo que son mejores?”
Me pareció tan extraño y tan irónico como la presunción de que somos iguales: nada más falso. Si supiera que yo lo hago de puro aburrida que me siento.
Creo que entonces fue cuando me dormí.
Mayo 16, 2005
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