Por Silvia Sáyago Baez
Hasta el sexenio pasado era un hecho conocido por los que
trabajamos para cualquier empresa periodística, incluso la más pequeña, que las
mayores entradas de dinero provenían de la publicidad gubernamental. En forma de
anuncios o del típico boletín de prensa, las sumas eran muy altas para aparecer
en cualquier medio de comunicación. Por eso en cada aparición televisiva, en
cada artículo se ensalzaba las cualidades del estado mexicano, su capacidad de
trabajo y eficiencia… circunstancias que ahora sabemos no eran ciertas.
Corrijo. Los medios sabían, pero su trabajo era engañar a la gente.
En un reportaje de Animal Político, medio electrónico de
reciente impacto, se dijo que del 2013 al 2016 el gobierno de Enrique Peña Nieto gastó 36
mil 261 millones de pesos en publicidad oficial, el equivalente al 71% más de
lo que el Congreso mexicano había aprobado. Por supuesto la razón era mejorar
la percepción del pueblo sobre el gobierno.
Desde luego, este dato se suma al torrente de información de
que disponemos gracias a la Internet, el único medio que no padece de censura
ni autocensura condescendiente. Sin embargo, también es posible encontrar en la
red detractores. Incluso elaboradas mentiras para desacreditar a este nuevo
gobierno. No es raro observar la manipulación todavía existente, lo positivo es
que el sentido común y la comprobación de la información truqueada están al
alcance de cualquiera.
Al día de hoy, es un hecho conocido que la prensa mexicana
está en una grave crisis de credibilidad ante los ciudadanos por sus posturas
críticas contra el nuevo gobierno, el que llegó por la disconformidad de un
electorado cansado de ser engañado y robado. Es tan evidente que los medios
toman la contra para provocar una respuesta que les favorezca, tal vez la
llamada de algún secretario de prensa con
materiales listos para resaltar el trabajo que se realiza en el poder, y un
generoso pago por su publicación. Pero en este momento la llamada no llegará. La
austeridad impide que se alimente a los medios.
Ante este panorama hay que preguntarse cómo pueden subsistir
los medios de comunicación en México sin la publicidad gubernamental. ¿Es la
única manera? En un país donde la gente no acostumbra a leer y los que lo hacen no
confían en los contenidos de nuestros medios, ¿de dónde vendrán los recursos
para sostener a esta industria que va en picada? ¿Quién puede salvar a los
medios de comunicación mexicano? Tal vez una sociedad hambrienta de ser mejor
informada.
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